Cancelar el plan nos dejó raros. No tristes exactamente, tampoco arrepentidos, sino raros. Durante días habíamos vivido con una escena en la cabeza: un apartamento, ella y yo follando, Sebastián mirando, quizá grabando, sin tocarla, sin meterse, sin cambiar las reglas. Solo él allí, cerca, viendo lo que ella había empezado a desear y lo que a mí me estaba consumiendo por dentro.
Y entonces no pasó.
La vida se metió en medio, como suele hacer. Una situación familiar, prioridades, llamadas, cosas que no se pueden mover. Cancelamos. Sebastián lo entendió. Nosotros también. Pero entender algo no siempre le quita el golpe.
Nos quedamos con las ganas.
Y las ganas, cuando no encuentran cuerpo, empiezan a hacer ruido.
Al principio hubo un bajón. Ella y yo hablamos menos de sexo. Como si la fantasía hubiera quedado un poco suspendida en el aire y ninguno quisiera tocarla demasiado pronto. Yo volví a viajar. Otra vez distancia, hoteles, llamadas a medias, mensajes de rutina, ganas metidas debajo de conversaciones normales.
Pero mi cabeza no paraba.
No podía dejar de imaginármela con otro.
No necesariamente Sebastián. Ni siquiera alguien concreto. Era la imagen de ella en medio de un trío con otro chico. Ella mirándome. Ella dejándose llevar. Ella siendo deseada. Yo cerca, mirando, controlando, entrando en la escena cuando quisiera. Esa fantasía que antes aparecía como una posibilidad empezó a perseguirme como una urgencia.
Me masturbaba mucho.
Demasiado quizá.
En la habitación del hotel, de madrugada, después de hablar con ella o incluso sin hablar demasiado. La imaginaba con otro hombre y no podía sacármelo de la cabeza. A veces la veía siendo mirada. A veces la veía tocada. A veces solo imaginaba el instante previo: ella nerviosa, respirando distinto, buscándome con los ojos para confirmar que yo seguía ahí.
Eso era lo que más me ponía.
No solo el cuerpo de otro encima de ella.
La confianza.
El permiso.
El control.
La tensión de verla cruzar una línea conmigo al lado.
Me tocaba pensando en eso y me corría con una mezcla rara de alivio y frustración. Alivio porque drenaba un poco lo que llevaba dentro. Frustración porque la fantasía seguía intacta. No se iba. Al contrario. Cada vez parecía más clara.
Ella también se tocaba.
Me lo decía.
Pero en su caso yo sentía que era distinto. No creo que se masturbara pensando todo el tiempo en otro hombre. No todavía. Creo que se tocaba porque yo no estaba, porque nos faltábamos, porque llevábamos días sin follar y porque el cuerpo también protesta cuando se acostumbra a tener algo y de pronto no lo tiene.
Aun así, me lo decía.
Y eso bastaba para encenderme.
Saber que estaba sola, tocándose, quizá pensando en mí, quizá rozando alguna de nuestras fantasías, quizá dejando entrar una imagen y sacándola enseguida. Me bastaba imaginarla con la mano entre las piernas para volver a caer.
Eran días de deseo mal administrado.
Yo intentaba hacer vida normal, trabajar, salir, contestar mensajes, fingir que mi cabeza no estaba en otra parte. Pero estaba. Se me iba a ella. A sus piernas. A su forma de obedecer cuando el sexo cambiaba de tono. A su voz cuando me decía que se estaba tocando. A la idea de que alguien más pudiera verla así.
El plan cancelado no había cerrado la puerta.
La había dejado entreabierta.
Y eso es peor.
Porque cuando una puerta se cierra, uno se resigna. Pero cuando queda entreabierta, el cuerpo se queda mirando.
En una de esas conversaciones, ella me preguntó si quería retomarlo.
No lo dijo como una decisión tomada. Lo dijo con cuidado, como hacía siempre cuando algo le daba morbo y miedo al mismo tiempo.
—¿Tú quieres volver a intentarlo?
La pregunta me puso caliente al instante.
No solo por el plan. Por ella.
Porque era ella quien lo estaba trayendo de vuelta. Ella, que al principio necesitaba entenderlo todo, preguntar por todo, comprobar que nada se le escapara de las manos. Ella, que había llegado a este mundo con miedo y con una sexualidad mucho más cerrada. Ella estaba preguntando si retomábamos.
No fue Sebastián quien volvió al tema.
No fui yo empujando.
Fue ella abriendo otra vez la posibilidad.
Eso cambió el deseo.
Lo hizo más limpio.
Más nuestro.
Poco a poco volvimos a hablarlo. No como antes, no exactamente. El plan con Sebastián había quedado ahí, sin dramatizarlo, sin forzarlo. Parecía que, al no ocurrir, tampoco había que perseguirlo como si fuera una deuda. No hablamos de llamarlo de nuevo. No empezamos a reconstruir la misma escena con la misma persona y el mismo formato.
Dejamos que pasaran unos días.
Y entonces ella tomó otra iniciativa.
—Podríamos volver al club —me dijo.
Yo me quedé escuchando.
—Esta vez me encargo yo.
Eso sí me sorprendió.
Y me puso muchísimo.
Porque no era solo que quisiera ir. Era que quería hacerse cargo de una parte del paso. Elegir, mirar, reservar, decidir. Ya no era solo la chica nerviosa que preguntaba qué pasaba en un club liberal. Seguía nerviosa, claro. Pero ahora había algo más: una voluntad.
No estaba diciendo que quisiera hacer de todo.
No estaba diciendo que quería que un hombre la tocara.
No estaba diciendo que estaba lista para una experiencia completa.
Pero sí estaba diciendo: quiero volver a acercarme.
Y eso bastaba.
Ella sabía que, como mucho, lo que podía pasar era que nos vieran. Esa seguía siendo su fantasía principal. Ser mirada conmigo. Sentirse deseada sin perderme de vista. Saber que alguien podía observarnos mientras follábamos y que yo seguiría teniendo el control.
Yo también lo sabía.
Y eso me encendía de una forma difícil de explicar sin parecer repetitivo, aunque en mi cabeza no se sentía repetido. Se sentía cada vez más intenso. Cada día que pasaba, la fantasía tenía más cuerpo. Más detalles. Más olor a habitación. Más sonido de gemidos. Más posibilidades.
Ella confiaba en mí.
Eso era lo que lo hacía posible.
Confiaba en que yo no dejaría que la situación se fuera de las manos. Que no iba a convertir una noche de club en una carrera. Que si alguien se acercaba demasiado, yo sabría cortar. Que si ella se tensaba, yo lo vería. Que si decía que no, sería no. Que si solo quería mirar, miraríamos. Y que si quería follar conmigo allí, la follaría sin pedirle nada más.
Esa confianza me daba poder.
Y también responsabilidad.
Pero sobre todo me daba deseo.
Porque yo quería complacerla en su fantasía. Quería verla cumplir ese morbo de ser observada, aunque fuera de forma mínima, aunque solo fuera una mirada desde lejos, aunque no pasara nada más. Quería verla darse cuenta de que podía hacerlo. Que podía estar allí, conmigo, caliente, expuesta en la medida exacta, sin dejar de ser ella.
Y al mismo tiempo, yo quería lo mío.
Quería verla con otro.
No necesariamente esa noche. No de golpe. No sin que ella estuviera preparada. Pero lo quería. Lo quería tanto que a veces me costaba pensar en otra cosa. Y esos días, entre viajes, llamadas, masturbaciones y planes que aparecían y se cancelaban, me dejaron claro que no era una fantasía pasajera.
Era una parte de mí.
Cuando ella me dijo que había reservado un viernes en el Club Mystique, sentí que algo volvía a empezar.
Mystique.
El nombre ya sonaba a promesa.
A club.
A luces bajas.
A una noche que podía quedarse en una copa o convertirse en otra cosa.
Y no era lo único.
El sábado teníamos también un evento llamado Wine and Sex que prometía. Un fin de semana entero alrededor del deseo. Apenas yo volviera de viaje, entraríamos otra vez en ese territorio extraño donde no sabes si vas a hacer algo, pero sabes que algo ya empezó antes de llegar.
Yo estaba lejos todavía.
En otra habitación de hotel.
Con el móvil en la mano.
Leyendo sus mensajes.
Imaginándola preparando el plan.
Y me volví a tocar.
Porque no podía hacer otra cosa.
No esa noche.
No con ella lejos.
No con el Mystique esperándonos.
No con la idea de verla otra vez en un club, sabiendo que esta vez había sido ella quien había dado el paso.
Nos habíamos quedado con las ganas.
Pero quizá eso era exactamente lo que necesitábamos.
Porque las ganas, cuando no se apagan, aprenden a volver más fuertes.
