Cuando pienso en cómo empezó todo, creo que lo más importante no fue descubrir el mundo que él ya conocía. Lo más importante fue descubrirme a mí misma dentro de ese mundo.
Cuando nos conocimos, veníamos de lugares muy diferentes. Él llegaba con una vida mucho más abierta, con experiencias, con historias y con una curiosidad sexual que ya había tenido espacio para crecer. Había conocido personas, situaciones y formas diferentes de entender el deseo. Había tenido tiempo para descubrir qué le gustaba, qué le excitaba, qué quería experimentar y qué cosas formaban parte de él.
Yo llegaba desde un lugar completamente distinto. En mi relación anterior, el sexo nunca había sido realmente un tema de conversación. Estaba ahí, formaba parte de la pareja, de la intimidad, de la vida compartida, pero nunca hubo demasiado espacio para hablar de él desde la curiosidad, desde la imaginación o desde las ganas de descubrirnos. Nunca hubo conversaciones sobre fantasías. Nunca hubo un «¿y si…?». Nunca hubo un «¿te imaginas…?». Nunca hubo espacio para pensar que el sexo podía ser algo más que aquello que ya conocíamos. Y tampoco hubo un espacio real para explorarme a mí misma. Para preguntarme qué me gustaba, qué podía excitarme, qué cosas despertaban mi curiosidad o qué parte de mi deseo estaba todavía por descubrir.
Durante muchos años simplemente viví mi sexualidad como había aprendido a vivirla. Dentro de la pareja. Dentro de unos límites conocidos. Sin cuestionarla demasiado. Sin pensar ni sentir que me faltaba algo. Porque cuando nunca has conocido otra posibilidad, tampoco sabes que existe. El sexo podía ser agradable, podía ser una forma de intimidad, podía acercarme a la persona que tenía al lado, pero no era un territorio que yo sintiera la necesidad de explorar. Y con el paso del tiempo, dentro de una relación estable, incluso podía llegar a sentirse como algo rutinario, previsible, casi como un trámite más de la vida en pareja.
Y entonces apareció él.
Y con él apareció algo que yo no esperaba.. la posibilidad de preguntármelo.
No llegó diciéndome que tenía que cambiar. No llegó diciéndome que mi manera de vivir el sexo era equivocada. No intentó enseñarme cómo tenía que ser. Simplemente era diferente. Hablaba del deseo con una naturalidad que para mí era completamente nueva. Tenía experiencias, recuerdos, fantasías y una manera de entender la sexualidad que no conocía. Y, sobre todo, tenía una facilidad enorme para hablar de todo aquello sin convertirlo en algo incómodo.
Con él podía hablar, y parece algo sencillo, pero para mí no lo era. Porque de repente había conversaciones que nunca había tenido. Preguntas que nadie me había hecho. Situaciones que nunca había imaginado. Y empecé a descubrir que hablar de sexo podía ser excitante incluso antes de hacer absolutamente nada.
Al principio me daba vergüenza, no sabía qué contestar. Otras veces pensaba algo y no me atrevía a decirlo, sin embargo, él hacía que todo pareciera fácil. Me escuchaba. Me preguntaba. Me hacía sentir que podía decir cualquier cosa sin que aquello significara automáticamente que tenía que hacerlo. Y fue ahí donde empezó mi verdadera libertad. No cuando empecé a imaginar cosas diferentes, sino cuando entendí que podía hablar de ellas.
Podía tener una fantasía y dejarla simplemente en una fantasía. Podía decir simplemente que algo me daba curiosidad, que algo me daba miedo, podía decir que cambiaba de opinión, incluso podía decir «no», Podía decir «todavía no» Y nada de eso cambiaba la forma en que él me miraba. Nunca me he sentido presionada por él. Nunca he sentido que tuviera que hacer algo para estar a su altura. Nunca he sentido que tuviera que demostrarle que podía ser más atrevida, más abierta o más experimentada.
Al contrario.
Me he sentido cuidada, respetada, acompañada. Y, de alguna manera, incluso salvada. Salvada de una versión de mí misma que durante muchos años había pensado que determinadas cosas no eran para mí. Porque él no me empujó a descubrir otra sexualidad, simplemente me hizo sentir que podía descubrirla si yo quería. Y esa diferencia lo cambia todo. Cuanto más segura me sentía con él, más libertad tenía para preguntarme qué había dentro de mí.
Empecé a descubrir que quizá yo tampoco había sido una mujer sin deseo. Quizá simplemente había sido una mujer que nunca había tenido demasiado espacio para escucharlo. Había una parte de mí que estaba ahí. Una parte curiosa. Una parte que quería sentirse deseada. Una parte que también quería permitirse jugar, o al menos, pensar en poder hacerlo.
Había una parte que quería descubrir qué podía sentir cuando dejaba de pensar tanto en lo que debía ser y empezaba a preguntarme qué quería ser. Y entonces apareció una de las primeras cosas que fui capaz de reconocer en voz alta… el morbo de ser mirada. No necesariamente hacer algo con otra persona. No necesariamente ir más allá. Ser mirada. Sentirme deseada. Saber que alguien podía verme de una manera diferente.
Pero estando él conmigo.
Porque eso, para mí, siempre ha sido fundamental. Él está y tiene que estar en el centro de todo esto. Incluso cuando mi imaginación se aleja un poco de lo conocido, él sigue estando allí. Incluso cuando pienso en posibilidades nuevas, necesito sentirle cerca. Necesito saber que puedo buscar su mirada. Que puedo tocarlo. Que puedo sentirle cerca, Que puedo acercarme a él, si le necesito. Incluso cuando imagino que otra persona podría acercarse a mí, una de las cosas que más seguridad me da es saber que él está ahí, muy cerca. Que puedo sentirlo. Que puedo mirarlo. Que puedo encontrarme con él en medio de cualquier situación.
Esa presencia es la que me permite imaginar lo desconocido sin sentir que estoy perdiendo mi lugar. Porque él es mi seguridad. Él se ha convertido en mi refugio, en mi punto de referencia, en mi ancla. Y quizá ancla sea la palabra que mejor explica lo que representa para mí. No porque me ate, precisamente, al contrario. Porque me permite moverme, me permite mirar hacia fuera sin perder de vista dónde está mi lugar. Me permite imaginar cosas que antes me habrían asustado porque sé que, si algo me supera, puedo volver a él. Y creo que esa es una de las cosas que más me ha sorprendido de todo este proceso.
Pensaba que para explorar tendría que convertirme en una mujer más atrevida. Más segura. Más experimentada. Y he descubierto que no. Puedo tener miedo y sentir deseo al mismo tiempo. Puedo sentir curiosidad y seguir necesitando sentirme protegida emocionalmente. Puedo imaginarme siendo mirada, deseada o viviendo experiencias nuevas y, al mismo tiempo, necesitar saber que él sigue estando conmigo. No porque quiera que controle lo que ocurre. Sino porque su presencia me permite sentirme libre. Y esa libertad es algo que antes no conocía.
Sé que lo que hoy puede ser una posibilidad para mí es fruto de cómo es él, de cómo apareció en mi vida y del momento en el que apareció. De lo fácil que hace las cosas. De su manera de hablarme, de nuestra manera de hablar de todo esto. De cómo consigue que incluso las conversaciones más difíciles parezcan naturales. De su manera de hacerme sentir deseada. Mirada. Admirada. Explorada. Pero también respetada. Nunca he sentido que me invada. Nunca he sentido que quiera entrar en un lugar de mí al que yo no le haya abierto la puerta. Y precisamente por eso he terminado queriendo abrirle más puertas. Porque cuando sabes que alguien no va a entrar sin permiso, te atreves a abrir.
Cuando sabes que puedes cerrar una puerta y no va a enfadarse, te atreves a enseñar lo que hay detrás. Cuando sabes que una fantasía no se convierte en una obligación, te atreves a contarla. Y eso es lo que él ha conseguido conmigo. No ha convertido mi sexualidad en algo diferente.
Me ha ayudado a descubrir que yo también podía tener una. Una sexualidad que apenas estoy conociendo, una sexualidad que no sabía que existía. Y creo que por eso nunca he vivido todo esto como algo que hago para complacerlo. Claro que quiero hacerlo feliz. Claro que me gusta saber qué le gusta. Claro que me gusta sentir que puedo despertar algo en él. Pero una cosa es querer compartir sus deseos y otra muy distinta sentir que tengo que hacerlo para no decepcionarlo.
Yo no quiero cruzar una puerta porque tenga miedo de que él se vaya. Quiero cruzarla porque quiero saber qué hay detrás. Y creo que puedo permitirme pensar así precisamente porque sé que, si algún día digo que no, él seguirá ahí. Si digo que tengo miedo, seguirá ahí. Si digo que necesito parar, seguirá ahí. Si digo que todavía no estoy preparada, no voy a sentir que le estoy fallando. Esa certeza es la que me ha dado confianza. Y desde esa confianza han aparecido preguntas que nunca pensé que formarían parte de mí.
¿Qué pasa si me gusta?
¿Qué pasa si descubro una parte de mí que no conocía?
¿Qué pasa si quiero seguir?
¿Qué pasa si no quiero?
¿Qué pasa si una fantasía funciona mejor en mi cabeza que en la realidad?
¿Qué pasa si descubro que quiero experimentar algo que nunca pensé que querría?
No necesito tener todas las respuestas.
De hecho, creo que parte de la gracia está precisamente en no saberlas. Quizá, simplemente es que no quiero conocer las respuestas. Porque explorar no significa saber hasta dónde quieres llegar. A veces explorar significa simplemente poder decir: «Esto me da curiosidad» y tener a alguien al lado que te responda: «Podemos descubrirlo juntos. Y si no quieres, no pasa nada». Eso es lo que él hace. Esto es lo que él ha sido para mí. Él es alguien que me ha ayudado a descubrir que yo también podía elegir cómo quería vivir mi sexualidad. Y quizá esa sea la parte más inesperada de toda esta historia.
Yo pensaba que él llegaba para enseñarme un mundo que para él ya era conocido, un mundo en el que tenía experiencias, referencias y una naturalidad que yo nunca había tenido. Sin embargo, lo que terminó ocurriendo fue muy distinto: mientras él me mostraba que existían otras posibilidades, yo empecé a descubrir algo mucho más profundo dentro de mí. Empecé a preguntarme, por primera vez, qué quería yo, qué me despertaba curiosidad, qué me hacía sentir deseada y cómo quería vivir mi propia sexualidad. Porque antes de él, nadie me había llevado siquiera a hacerme esas preguntas.
Nadie había despertado en mí la curiosidad por conocerme desde ese lugar. Y quizá por eso, más que enseñarme una forma diferente de vivir el sexo, él me ayudó a descubrir que yo también tenía derecho a elegir la mía. Por eso, cuando pienso en un club, en ser mirada, en explorar otras posibilidades o simplemente en seguir descubriendo mi propio deseo, no imagino una escena en la que él desaparece. Lo imagino cerca. Siempre cerca. Necesito saber que puedo girar la cabeza y encontrarlo. Que puedo buscar su piel. Que puedo sentir su presencia. Que puedo acercarme a él en cualquier momento.
Porque esa es mi seguridad.
Él es mi seguridad.
No una seguridad que me encierra. Una seguridad que me permite abrirme. Y quizá esa sea la paradoja más bonita de todo esto…cuanto más segura me siento con él, más libertad siento para descubrirme. Cuanto más sé que puedo decir que no, más fácil me resulta imaginar un sí. Cuanto más sé que no tengo que demostrarle nada, más ganas tengo de descubrir qué cosas realmente deseo. Y cuanto más confío en que él seguirá siendo él, pase lo que pase, menos miedo me da conocer esa parte de mí que durante tantos años estuvo escondida.
No sé hasta dónde llegaremos y ya no necesito saberlo. Quizá algún día habrá cosas que hagamos. Quizá otras se quedarán para siempre en nuestra imaginación. Quizá descubramos que algunas fantasías eran solamente eso, o quizá descubramos que otras estaban esperando precisamente este momento para hacerse realidad. Lo importante para mí no es llegar a ningún sitio, lo importante es poder seguir descubriéndome sin perderme, es poder tener curiosidad sin sentir obligación, es el poder sentir deseo sin sentir vergüenza, es precisamente poder decir que sí o no sin miedo.
Porque si algún día doy un paso hacia algo desconocido, quiero que sea mío. Pero sé que, si hoy soy capaz siquiera de imaginar ese paso, es en gran parte porque él me ha enseñado que puedo hacerlo sin dejar de ser yo, sin dejar de sentir la seguridad que me da, sin dejar de sentirme querida, sin dejar de sentir su piel cerca.
Él no es el límite de mi libertad.
Es la razón por la que me atrevo a descubrirla.

1 Comentario
Escrito por: Mavelyangel
Muy bueno y muy real.