Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

La frase empezó a aparecer cada vez más. Al principio era casi una broma.

—Algún día podríamos ir.

Después dejó de sonar a broma.

Hablábamos mucho de sexo. Muchísimo. No solo cuando estábamos calientes, aunque casi siempre terminábamos calientes. Hablábamos en la cama, por teléfono, en el coche, después de follar, antes de dormir. Y cada conversación volvía, tarde o temprano, al mismo sitio: su fantasía de ser mirada y la mía de verla con otro hombre.

No era algo que mencionáramos una vez y ya.

Se metió en nuestra forma de follar.

A veces, mientras la tenía debajo, le decía que me la imaginaba siendo vista. O que otro hombre la miraba desde una esquina. O que alguien se moría de ganas por tocarla, pero no podía. O que yo la quería ver deseada, encendida, nerviosa, mía y no tan mía durante unos segundos.

A ella le agradaba la idea. Me lo hacía saber. A veces cerraba los ojos. A veces se reía con vergüenza. A veces me decía que callara, pero no quería que callara del todo. Esa era la parte interesante: le daba miedo, pero también le gustaba que la fantasía estuviera ahí, rozándola sin exigirle nada.

Yo insistía en algo, porque lo sentía de verdad:

—No tengo prisa.

Y no la tenía.

No quería que esto se convirtiera en abrir un perfil en una red swinger y a los diez minutos estar buscando con quién follar. No iba de eso. No para ella. No para nosotros. Esto era como la vida: primero se gatea, después se camina y, si algún día el cuerpo lo pide, se corre.

Pero no al revés.

Se lo decía mucho. Quizá porque sabía que lo necesitaba escuchar. Quizá porque yo también necesitaba recordarlo.

—Lo que más me importa es que, si algún día vivimos algo, sea bueno para ti.

Y era verdad.

Especialmente con mi gran fantasía. Verla con otro hombre podía ponerme muchísimo, pero no quería que la primera experiencia dejara una herida. No quería un recuerdo torpe, ni una escena mal llevada, ni una noche en la que ella se sintiera empujada por mis ganas. Quería que, si alguna vez pasaba, ella pudiera recordarlo como algo suyo también.

Por eso el club empezó a tener sentido. No como destino final, sino como primer borde. Un sitio donde mirar. Donde sentir el ambiente. Donde comprobar si esa curiosidad seguía viva fuera de casa. Donde ella pudiera acercarse a la idea sin tener que cumplir ninguna fantasía completa.

Un día, después de mucho hablarlo, me lo dijo más claro.

—Me gustaría ir a un club.

Lo dijo con cuidado, como si al decirlo demasiado alto pudiera comprometerse a más de lo que quería.

—Solo a mirar —añadió enseguida.

Ahí estaba otra vez.

«Solo».

Esa palabra que tranquilizaba y calentaba al mismo tiempo.

Yo llevaba años alejado de ese mundo. Sabía que antes había dos o tres sitios cerca de casa, pero no tenía ni idea de cómo estaba todo ahora. No quería llevarla a cualquier lugar ni improvisar con algo tan delicado. Si iba a ser su primera vez, tenía que ser lo más seguro posible. Para ella. Para mí. Para la pareja.

Entonces recordé a un amigo del mundillo.

Conservaba su número.

Sebastián.

No hablábamos desde hacía años, pero le escribí. Fue extraño y agradable al mismo tiempo volver a abrir esa puerta. Como si una parte de mi vida anterior respondiera al mensaje y dijera: «sigo aquí».

Sebastián contestó con buen rollo. Me contó que casualmente ahora estaba de encargado en un club cercano. El más cercano a casa, de hecho. Me actualizó un poco, me habló del ambiente, de los días más tranquilos, de cómo estaba funcionando todo. Y nos invitó a ir cuando quisiéramos.

Aquello lo hizo más real. Ya no era una idea flotando entre nuestras sábanas. Había un sitio. Una persona. Una posibilidad concreta.

Elegimos un día de semana. A propósito. Mejor menos gente, menos ruido, menos intensidad para una primera vez. Nada de código de vestir, nada de presión, nada de «hay que ir provocadores». Solo ir, tomar algo, mirar y ver cómo nos sentíamos.

Antes de salir le dije que necesitábamos una palabra o una frase. Algo que pudiera decirme si se sentía incómoda. Sin explicaciones. Sin tener que justificar nada. Si la decía, nos íbamos. Ella aceptó enseguida. Creo que eso la tranquilizó más que cualquier discurso.

Se puso muy guapa. Muy ella. Un vestido ni largo ni corto, elegante, femenino, nada vulgar. No parecía disfrazada para un club. Parecía una mujer que se había arreglado para sentirse bien, sabiendo que esa noche quizá alguien la miraría distinto.

Yo la miraba mientras se preparaba y pensaba en todo lo que habíamos hablado para llegar hasta ahí.

No parecía poco.

Fuimos a cenar antes.

Eso fue importante. No queríamos salir de casa directos al club como quien va a una prueba. Fuimos a un restaurante de la zona, comimos bien, bebimos algo, hablamos de otras cosas y también de eso. Estaba nerviosa. Se le notaba en la risa, en las preguntas repetidas, en esa forma de tocarme la mano como comprobando que yo seguía ahí.

Y yo seguía.

Después de cenar fuimos al club.

Llamé a Sebastián al llegar y efectivamente estaba allí. Nos recibió con mucha naturalidad y eso a ella le vino muy bien. Nada raro. Nada intenso. Nada de miradas pesadas ni comentarios incómodos. Le presenté a ella, pedimos algo en la barra y empezamos a hablar.

La conversación fue larga.

Y buena.

Sebastián tenía ese tono de quien conoce el ambiente, pero no necesita hacerse el personaje. Nos explicó cómo funcionaba el lugar, qué zonas había, qué días eran más movidos, qué tipo de gente solía ir. El club era pequeño, pero cómodo. Tenía barra, zona de sofás, rincones más reservados, habitaciones, duchas, espacios pensados para jugar si alguien quería jugar. Todo bastante cuidado, sin esa sensación cutre que a veces uno teme encontrar en sitios así.

Ella miraba todo con sorpresa. Normal. Era su primera vez en un lugar donde el deseo no estaba escondido detrás de una excusa. Aunque esa noche hubiera poca gente, el sitio hablaba por sí solo. Las luces, la música, las cortinas, las habitaciones, los espejos, la posibilidad. Todo decía: aquí pasan cosas, aunque ahora no estén pasando delante de ti.

Nos tomamos dos o tres copas.

Como prácticamente no había nadie, ella se relajó mucho. Quizá había alguna pareja perdida en una habitación, algún movimiento al fondo, algún chico dando vueltas más tarde, pero nada invasivo. Nada que la desbordara. Yo la miraba cada cierto tiempo.

—¿Estás bien?

—Sí.

Y era un sí cada vez más tranquilo.

Eso me gustó.

Porque verla cómoda me excitaba más que verla asustada. Yo no quería que el club la aplastara. Quería que se sintiera capaz de estar allí, de mirar alrededor, de entender que podía irse cuando quisiera y, aun así, quedarse.

Ya era tarde cuando pasó lo que no esperábamos.

Me miró de una forma distinta.

—No quiero irme a casa sin follar aquí.

Me sorprendió.

Mucho.

Porque habíamos dicho que solo íbamos a mirar. Porque ella había ido nerviosa. Porque no había pasado nada especialmente provocador. Y quizá precisamente por eso pudo decirlo. No había presión. No había público. No había nadie empujando. Solo estábamos nosotros, el sitio, la música, las copas y esa sensación de haber cruzado una frontera sin que nada malo ocurriera.

Nos fuimos a cambiar.

Entramos en una de las habitaciones.

Pasamos la cortina.

Nadie podía vernos.

Y aun así, todo era distinto.

No era nuestra cama. No era un hotel. No era casa. Estábamos en un club liberal, con luces bajas, música de fondo, el cuerpo todavía cargado de nervios y una excitación nueva. Ella estaba desinhibida de una manera preciosa. No descontrolada. No fuera de sí. Desinhibida. Como si el lugar le hubiera dado permiso para soltarse un poco más, pero la cortina le recordara que seguía estando segura.

Follamos increíble.

No por hacer algo extremo.

No porque alguien nos mirara.

No porque hubiera una escena digna de contar como hazaña.

Fue increíble porque para ella era distinto. Porque estaba allí. Porque había elegido entrar. Porque había elegido quedarse. Porque había elegido no irse a casa sin probar qué se sentía follar en ese sitio, aunque nadie nos viera.

Yo la sentía más suelta. Más caliente. Más dentro de la fantasía, aunque la fantasía todavía estuviera protegida. La música entraba desde fuera. Las luces cambiaban la piel. Cada gemido parecía tener otro peso. Y yo, mientras la follaba, pensaba que esa era exactamente la primera vez que necesitábamos.

No perfecta para otros.

Perfecta para nosotros.

Cuando terminamos, no hubo una gran frase. Nos vestimos, salimos, respiramos distinto. Ella estaba tranquila. Algo nerviosa todavía, pero tranquila. Y yo supe que habíamos hecho bien en ir despacio. Porque al final no solo fuimos a mirar. Pero tampoco corrimos. Gateamos un poco más. Y esa noche, para nosotros, fue suficiente.

Leer comentariosOcultar comentarios

Escribe un comentario