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Durante un tiempo, mi mayor fantasía era una idea sin nombre. Otro hombre. Alguien. Un cuerpo posible. Una presencia que aparecía en nuestras conversaciones, en los mensajes subidos de tono, en la cama, en esa forma que teníamos de follar mientras decíamos cosas que, unos meses antes, ella jamás habría dicho en voz alta.

Yo la imaginaba con otro.

Ella sabía que yo la imaginaba con otro.

Y, poco a poco, esa fantasía empezó a dejar de sonar como una locura lejana. No porque estuviéramos preparados para hacerla realidad, sino porque ya no nos asustaba tanto hablar de ella. Al menos no siempre. Había días en los que nos excitaba muchísimo. Otros en los que la idea se volvía demasiado grande y había que dejarla quieta un rato.

Hasta que una noche dejó de ser «otro».

Y tuvo rostro.

Todo empezó por algo bastante normal. O tan normal como puede ser en una pareja que ya había convertido muchas conversaciones en una extensión del sexo.

A ella le escribían algunos hombres.

Amigos, conocidos, tipos que llevaban tiempo interesados en ella. Algunos de forma más disimulada. Otros con muy poca imaginación. Invitaciones, comentarios, mensajes con doble intención, frases que no decían «quiero follarte» porque todavía existe la civilización, pero tampoco hacía falta ser detective.

Ella me lo contaba todo.

Eso, para mí, era importante.

No porque yo necesitara controlar su teléfono ni porque ella tuviera que rendirme cuentas. No iba de eso. Iba de confianza. De no dejar huecos innecesarios. De no permitir que un mensaje insistente se convirtiera en una sombra dentro de nosotros. Ella los ignoraba, les pedía que pararan, incluso bloqueó a alguno para evitar malos entendidos.

Y yo, claro, escuchaba.

A veces tranquilo.

A veces caliente.

Porque una cosa es saber que otros hombres desean a tu chica y otra muy distinta es que ella te lo cuente con naturalidad, sin esconder nada, mientras tú ya tienes en la cabeza la fantasía de verla deseada por otro.

No siempre es fácil explicar esa mezcla.

Por un lado, me gustaba que ella marcara límites. Me gustaba que no fuera una mujer buscando validación barata. Me gustaba que, si alguien insistía demasiado, ella cortara. Eso me daba seguridad.

Pero por otro lado, la idea de que esos hombres la desearan me encendía.

No porque quisiera que cualquiera entrara en nuestra vida. No porque quisiera perder el control de nada. Sino porque confirmaba algo que a mí me ponía mucho: ella despertaba deseo. Y ahora ese deseo ajeno ya no era una amenaza automática. A veces también era combustible para la fantasía.

Una noche, mientras yo estaba de viaje, hablando por teléfono, le pregunté algo que llevaba rato rondándome.

—¿Alguna vez te gustó alguno?

Hubo un silencio.

De esos que no dicen «no», pero tampoco se atreven todavía a decir «sí».

Yo no insistí de inmediato. Dejé que la pregunta respirara. Ella sabía perfectamente de qué estaba hablando. No le preguntaba si alguno le parecía simpático o si era buen compañero. Le estaba preguntando si alguna vez había sentido deseo. Si alguno de esos hombres, o alguno parecido, había cruzado una línea dentro de su cabeza aunque en la realidad no hubiera pasado nada.

Al final me dijo que sí.

No fue un amigo exactamente. Era un compañero de trabajo.

No había pasado nada. Y eso también era muy ella. Me explicó que en ese momento estaba en su relación anterior, que jamás se habría liado con un compañero de trabajo, incluso estando sola, y que ella siempre había sido muy estricta con esas cosas. No era una mujer de meterse en líos, ni de dejar puertas abiertas, ni de jugar con hombres alrededor para sentirse deseada.

Eso la retrataba bastante bien. Podía sentir atracción y aun así no hacer nada. Podía notar que alguien la deseaba y mantenerse en su sitio. Podía tener un pensamiento y no convertirlo en conducta. Ella había sido así durante años. Correcta. Firme. Controlada. Casi demasiado controlada.

Pero esa noche no estábamos hablando desde la vida correcta.

Estábamos hablando desde otro lugar.

Le pregunté cómo era. Qué le atraía. Si él también la miraba. Si se le notaba. Ella empezó a responder con cautela, pero cada respuesta abría un poco más la escena. Me dijo que sí, que a él se le notaba cierto interés. Que en algún momento le había atraído. Que nunca se imaginó haciendo nada con él de verdad, pero que la tensión existía.

Yo ya estaba caliente.

Mucho.

Y no quise dejarlo solo en conversación.

Le pedí que se tocara pensando en él.

No fue una orden dura. Todavía no. Fue más bien una provocación, una manera de acercarla a una fantasía que acababa de tener un nombre, una cara, un cuerpo posible. Ella dudó. Se rió nerviosa. Me dijo algo como que estaba loco, o que le daba vergüenza, o las dos cosas a la vez.

Pero no colgó.

Eso ya era una respuesta.

Le seguí hablando. Le pedí que cerrara los ojos. Que pensara en él mirándola. En ese compañero que la había deseado en silencio. En lo que habría pasado si alguna vez él hubiera estado más cerca. En si le habría gustado sentirse buscada por alguien así, sin tener que hacer nada en la vida real, solo allí, conmigo al teléfono, protegida por la distancia y por la fantasía.

Empezó a tocarse.

Al principio casi no se oía.

Luego sí.

Su respiración cambió. Aparecieron esos gemidos que no se pueden fingir bien, porque salen entre la vergüenza y el deseo. Yo la escuchaba y me masturbaba también, cada vez más metido en la escena. No estaba viendo nada, pero veía demasiado. La veía a ella. La imaginaba con otro. La imaginaba pensando en ese hombre mientras mi voz la guiaba desde el teléfono.

Y eso me puso de una manera distinta.

Hasta entonces, mi fantasía era verla con otro hombre. Esa noche, por primera vez, ese otro tenía rostro. No era un actor de vídeo. No era una figura inventada. No era un desconocido perfecto elegido para una escena controlada.

Era alguien real.

Alguien que la había mirado.

Alguien que le había atraído.

Alguien con quien no había pasado nada y quizá precisamente por eso tenía más morbo.

No hubo promesa. No hubo plan. No hubo «algún día con él». Nada de eso. Pero durante esa llamada algo se abrió. Ella se permitió tocarse con una idea que antes quizá habría expulsado de su cabeza por incorrecta. Y yo descubrí que imaginarla con alguien que ya la deseaba tenía una potencia muy distinta.

Los días siguientes esa fantasía se metió en la cama.

No todo el tiempo, pero sí volvió.

Mientras follábamos, a veces le decía que la imaginaba con un amigo. Con alguien que la deseaba desde hacía años. Con alguien que le escribía y ella ignoraba. Con alguien que la miraría como yo sabía que otros hombres la miraban aunque ella intentara no darle importancia.

Ella se excitaba.

Yo más.

Había algo sucio en eso, pero también muy nuestro. Porque no estábamos invitando a nadie. No estábamos abriendo la puerta de verdad. Estábamos jugando con una posibilidad desde dentro de la pareja, usando el deseo de otros como gasolina, no como decisión.

Pero también empecé a entender el límite.

Verla con un conocido me ponía muchísimo como fantasía.

Como realidad, no tanto.

Al menos no en ese momento.

Un amigo, un compañero, alguien cercano, alguien que ya tiene historia o presencia en su vida, trae demasiadas cosas encima. No es solo un cuerpo. No es solo deseo. Es contexto, memoria, posibles malentendidos, vida cotidiana. Y sobre todo, algo que para mí empezaba a ser fundamental: poco control.

Y yo necesitaba control.

No control sobre ella como persona. Eso sería otra cosa. Hablo del control de la escena. De los códigos. De los límites. De poder cuidar lo que pasa. De saber quién entra, cómo entra y hasta dónde. De que todo ocurra dentro de un juego donde ella pueda soltarse sin que la situación se nos vaya de las manos.

Con un conocido, esa frontera era más difícil.

Por eso la fantasía me excitaba, pero la realidad me frenaba.

La última vez que esa idea estuvo muy presente fue mientras follábamos. Yo estaba encima de ella, hablándole cerca, metiéndola poco a poco en la escena. Le pedí que cerrara los ojos y se imaginara que yo era él.

Que no era yo quien la tocaba.

Que era ese hombre.

Ese compañero.

Ese rostro que ya se había colado en nuestras conversaciones.

Ella cerró los ojos.

Se dejó llevar.

Durante un momento funcionó. Lo noté en su cuerpo, en la forma en que respiró más hondo, en cómo se quedó quieta, entrando en el juego. Yo seguí hablándole, más caliente, empujando la fantasía un poco más lejos.

Pero pasado un rato abrió los ojos.

—Me cuesta mucho —me dijo.

Y lo dijo de una forma que no rompió el sexo, pero sí rompió la fantasía.

Seguimos follando.

Follamos rico.

Mucho.

Pero algo cambió ahí. No porque hubiera salido mal. No salió mal. Simplemente entendí que esa fantasía, con alguien conocido, tenía un techo en ese momento. Podía excitarnos hablar de ella, podía servirnos para calentar una noche, podía incluso haber abierto una puerta nueva en nuestras cabezas. Pero no era el camino real. Al menos no ahora.

Y me pareció bien.

Más que bien.

Porque también para eso sirven las fantasías: para probarlas en la imaginación y ver qué aguantan. A veces una fantasía crece cuando la nombras. A veces se apaga un poco cuando la acercas demasiado. A veces no desaparece, pero cambia de sitio.

Esta no desapareció.

Todavía me pone imaginarla con alguien que la desea. Todavía me da morbo pensar que un hombre conocido, uno que la miró durante años o que nunca se atrevió a cruzar la línea, pudiera verla como yo la veo cuando se suelta. Quizá algún día esa fantasía vuelva de otra forma. No lo sé. No quiero cerrarla con una frase definitiva porque sería mentir.

Pero esa noche entendí algo importante. Mi deseo no era simplemente verla con otro. Era verla con otro dentro de una escena que pudiéramos cuidar. Una escena donde ella no se sintiera perdida. Donde yo no quedara fuera. Donde la fantasía no dependiera de una historia previa, ni de un amigo insistente, ni de un compañero que ya pertenecía a otra parte de su vida.

Quería verla deseada, sí.

Pero también quería dirigir el juego.

Y eso nos decía mucho de lo que estábamos empezando a construir, aunque todavía no tuviéramos nombre para ello.

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