Después de decidir que quería ver a Cielo con otro hombre pensé que habíamos llegado, por fin, a la parte fácil. Hasta entonces todo había requerido tiempo: hablar de fantasías, entender sus miedos, entrar por primera vez en un club, descubrir que le gustaba ser mirada, dejar que otros jugaran con ella y comprobar qué sentíamos después.
Buscar a un chico solo, en cambio, parecía casi un trámite. No estábamos buscando marido, novio ni una conexión espiritual que nos acompañara hasta la jubilación. Queríamos un hombre que me gustara para ella, que entendiera nuestra dinámica, respetara unas reglas bastante claras y, llegado el momento, se presentara.
Sobre el papel no parecía una exigencia descomunal.
En la práctica descubrimos que encontrar hombres interesados era facilísimo, pero encontrar uno que realmente sirviera para hacerlo era otra historia.
En nuestro caso, además, existe una particularidad que debería simplificar muchísimo la búsqueda: Cielo no elige al candidato. Lo elijo yo. No porque ella no tenga voz ni porque pueda meter a cualquiera en nuestra cama, sino porque esa es precisamente parte de nuestro juego. Ella confía en mí, yo conozco perfectamente sus gustos y sé más o menos qué tipo de hombre puede atraerle, qué actitud le va a generar confianza y cuál le va a cortar el rollo en cinco minutos. Dentro de los acuerdos que tenemos, me ha dicho muchas veces aquello de «yo hago lo que tú quieras», siempre acompañado del «porque sé que me vas a cuidar». Y con este tema llegó a decirlo todavía más claro: «Me folla quien tú quieras que me folle».
A mí esa frase me vuelve loco.
No significa que haya dejado de tener límites o que no pueda parar cuando quiera. Significa que le excita entregarme también esa parte de la experiencia: que sea yo quien busque, filtre, decida quién merece llegar hasta nosotros y, si todo encaja cuando estemos delante, le diga hasta dónde puede dejarse llevar.
Eso debería ponérmelo fácil.
No tengo que enseñarle treinta perfiles para que escoja uno, ni superar el filtro imposible de que a los dos nos atraiga exactamente la misma persona. Yo sé qué le gusta a Cielo. Sé que un tío cuidado, masculino, tranquilo y con cierta seguridad tiene muchas más posibilidades que alguien desesperado intentando demostrar lo semental que es. Sé qué edades pueden encajarle, qué físicos probablemente le gustarán y, sobre todo, conozco su lenguaje corporal lo suficiente para saber rápidamente si alguien le genera rechazo. Mi trabajo era encontrar un hombre que pudiera molarme para ella.
Nada más.
Y aun reduciendo la ecuación de esa manera, buscar un chico solo ha resultado bastante más jodido de lo que imaginaba.
El primer problema es descubrir que existe una diferencia enorme entre un hombre que quiere follarse a Cielo y un hombre dispuesto realmente a quedar para hacerlo. Por chat abundan los primeros. Ahí todos tienen ganas, experiencia, resistencia, disponibilidad y un repertorio sexual capaz de preocupar a Nacho Vidal. Te explican posiciones, te dicen qué le harían, empiezan a calentarse describiendo escenas y algunos parecen dispuestos a viajar cientos de kilómetros corriendo si hace falta. Hasta que preguntas una cosa tremendamente poco erótica: «Vale, ¿cuándo puedes?». Entonces empiezan los «creo que el sábado», «te confirmo mañana», «seguramente estaré por ahí», «a ver cómo me organizo», «si nada se tuerce, mañana» y «cuando sepa algo te digo». Puedes mantener durante media hora una conversación tremendamente explícita sobre cómo le pondrían las piernas a tu chica y, sin embargo, conseguir que confirmen una hora y un lugar parece una negociación diplomática internacional.
Uno de ellos llegó incluso hasta el día en que habíamos quedado.
Habíamos hablado, parecía interesado, estaba todo encaminado y desapareció. Ghosting. Ese mismo día. Ni siquiera el detalle mínimo de escribir «me he echado atrás». Nada. Simplemente dejó de existir. Y puedo entender perfectamente que alguien se ponga nervioso. Esto no es quedar para tomar un café. Una cosa es masturbarte imaginando que vas a estar con una pareja y otra llegar al sitio, verme a mí, ver a Cielo y saber que aquello va en serio. Puedes arrepentirte. Puedes descubrir que no tienes huevos. Puedes tener un problema real. Todo eso cabe dentro de mi concepto de ser humano.
Lo que cuesta entender es no ser capaz de escribir diez palabras para avisar. Porque nosotros sí habíamos reservado ese tiempo, ese hotel, esas horas, esa energía y, cuando eres una pareja adulta con trabajo, responsabilidades y escapadas contadas, perder una noche no siempre significa «ya quedaremos mañana». A veces significa que pasarán semanas hasta que vuelva a cuadrar.
Eso es probablemente lo que más me jode de los candidatos que juegan a estar interesados. Nosotros no tenemos disponibilidad infinita. Hay viajes, hoteles, obligaciones, días en los que podemos estar juntos y días en los que no. Si tenemos un sábado concreto para hacer algo y lo reservamos para una persona, ese candidato ocupa una oportunidad. Quizá había otro hombre que sí habría aparecido y al que dejamos pasar porque ya teníamos un plan. Así que el ghosting en este mundillo no es solamente de mala educación; te puede hacer perder una ventana real para vivir algo que llevas tiempo intentando organizar.
Después conocimos al hombre monosílabo, otra especie fascinante. Le escribías algo y respondía «sí». Intentabas conversar y soltaba un «puede ser». Le explicabas parte de nuestra dinámica y contestaba «vale». Preguntas por su parte: ninguna. Interés aparente por entender qué buscábamos: cero. Curiosidad por Cielo más allá de ver alguna foto: mínima. Parecía que yo estuviera entrevistando a una persona a la que habían obligado a presentarse.
Naturalmente dejamos de insistir.
Tiempo después volvió y, para mi sorpresa, dijo que éramos nosotros quienes no parecíamos interesados. Me hizo gracia. Hay que tener un ego maravilloso para mantener una conversación con la riqueza expresiva de un ticket de supermercado y acabar convencido de que los demás no supieron perseguirte lo suficiente. Si quiero encontrar a alguien para que entre en nuestra intimidad, lo mínimo que necesito comprobar es que sabe mantener una conversación. No busco que escriba poesía. Con demostrar que está despierto me conformo.
También están los que parecen creer que buscar una pareja significa conquistar a la mujer y tolerar al hombre que viene incluido en el paquete. Con nosotros ese error dura poco. Cielo no está buscando amante, novio ni un tío que consiga apartarme para quedarse con ella. No quiero que alguien venga a seducirla al margen de mí. El juego empieza conmigo. Yo busco al candidato, yo llevo la conversación inicial y la idea es que entre dentro de una dinámica que ya existe. Si una de tus primeras preguntas es si puedes hablar con ella en privado, quedar a solas con ella o conseguir su teléfono personal antes siquiera de conocernos, probablemente no has entendido nada. El tercero no viene a competir conmigo ni a ocupar mi lugar.
Viene precisamente porque a mí me excita verlo con ella.
Y luego están los supuestamente «solos» que descubres que no están solos en absoluto. Tener pareja no es necesariamente un problema. Hay hombres que lo dicen desde el principio: tengo pareja, ella no participa, esta es mi situación y esta es mi disponibilidad. Perfecto. Ya decidiré yo si nos interesa. El problema son los que se venden como completamente disponibles y, cuando intentas concretar, aparece de repente una novia o una mujer que no sabe nada. Entonces empiezan las operaciones encubiertas: «ese día no puedo», «tendría que ver cómo me escapo», «no sé si podré quedarme mucho», «estaré acompañado, deja ver si me desocupo antes». Y pienso: bastante tengo con organizar nuestra vida sexual como para organizar también tu infidelidad.
No necesito juzgar lo que haces a espaldas de tu pareja, pero sí necesito saber que existe porque afecta directamente a nosotros. Si dependes de que ella se vaya a cenar con una amiga para saber si puedes venir, no eres un candidato disponible. Eres una posibilidad meteorológica.
Alguna conversación incluso resulta especialmente absurda porque el hombre está tremendamente caliente. Te habla de penetraciones, de posiciones, de lo que quiere hacerle, de cuánto le pone imaginarla y de cómo actuaría conmigo delante. Yo puedo entrar perfectamente en ese juego porque, coño, estoy buscando precisamente eso y también me pone imaginarlo. Pero al cabo de un rato vuelves al único dato que realmente importa: «Entonces, ¿estarás disponible el sábado?».
Y ahí empieza otra vez la niebla.
Descubrí que muchos hombres están muchísimo más comprometidos con la fantasía de follarse a la mujer de otro que con la posibilidad real de hacerlo. Les encanta la conversación porque también forma parte de su masturbación. Les pone que un hombre les enseñe a su chica y les diga lo que podrían hacer con ella. Pero eso no los convierte automáticamente en candidatos.
Todo esto termina produciendo una contradicción bastante divertida. Nosotros queríamos organizarlo para hacerlo mejor. Precisamente porque la experiencia anterior había sido improvisada, quería que la primera vez que otro hombre follara a Cielo ocurriera con más calma. Elegirlo, conocerlo un poco, saber que entiende nuestro rollo, poder centrarme en disfrutarla en lugar de gestionar sobre la marcha quién es el tipo que acaba de entrar por la puerta. Y resulta que improvisar en un club casi parece más sencillo.
Allí el tío por lo menos existe.
Está delante.
Puedes hablar cinco minutos con él, observar cómo se comporta, ver qué sensación transmite y decidir. No tienes que pasar tres semanas intercambiando mensajes para descubrir el sábado por la tarde que finalmente no puede «escaparse».
La noche en que jugaron con Cielo por primera vez fue mucho más caótica y, sin embargo, todo ocurrió con una facilidad absurda comparada con esto. Un chico apareció, hablamos, me pareció tranquilo, le permití acercarse. Después apareció otro y decidí hasta dónde podía llegar. No hubo una planificación de veinte días, ni seguimiento, ni «te confirmo mañana». Estaban allí. Yo miraba. Decidía. Cielo confiaba en mí y simplemente se dejaba llevar dentro de lo que habíamos acordado. Ahora intentábamos hacer las cosas con más previsión y parecía que habíamos abierto un departamento de Recursos Humanos para encontrar una polla.
Y tampoco buscábamos al hombre perfecto.
Ese es el detalle más ridículo.
No necesito que sea modelo, millonario, políglota y campeón olímpico de sexo. Tiene que parecerme atractivo para Cielo, tener higiene, saber comportarse, respetar un límite cuando se le dice, entender que yo estoy dentro de la escena y demostrar cierta normalidad. A partir de ahí veremos. Porque luego queda la parte que internet no puede resolver: verlo delante de nosotros y comprobar si realmente hay química. Puede tener unas fotos estupendas y caerme fatal en treinta segundos. Puede no parecer extraordinario en un perfil y, tomando una copa, transmitir exactamente la seguridad que busco.
Así que la búsqueda siguió.
Yo veía perfiles, hablaba, descartaba y de vez en cuando le contaba a Cielo alguna anécdota. Este no. Este parece interesante. Este está desesperado. Este no habla. Este habla demasiado. Este tiene novia y resulta que solamente puede salir de casa durante un eclipse. Nos reíamos bastante, aunque también empezaba a cansarme la cantidad de tiempo que podía invertir para acabar exactamente donde había empezado. Y ella seguía tranquila. Al fin y al cabo había delegado esa parte en mí. Su frase continuaba ahí, alimentándome la cabeza cada vez que un candidato parecía tener alguna posibilidad: «Me folla quien tú quieras que me folle».
Quizá por eso yo tampoco iba a conformarme con cualquiera. Esa frase me da muchísimo morbo, pero también hace que la responsabilidad sea mía. Si soy yo quien va a llevarla hasta otro hombre, quiero mirar a ese hombre y pensar que hice una buena elección. Quiero poder decirle a Cielo que se suelte y estar tranquilo. Quiero verla follar sin pasarme todo el rato preguntándome si el imbécil que escogí va a intentar saltarse la siguiente regla. Si ella me entrega el control porque sabe que voy a cuidarla, elegir bien forma parte de cuidarla.
Así que seguí buscando.
Cada conversación frustrada me hacía perder paciencia, pero curiosamente no deseo. El deseo seguía exactamente igual, quizá peor. Cada candidato me hacía imaginarla con un cuerpo distinto. Cada conversación sexual me daba nuevas escenas para la cabeza. Cada vez que alguno parecía medio interesante pensaba inevitablemente cómo se vería Cielo con él, qué cara pondría cuando yo le dijera que sí, cómo reaccionaría ella cuando llegara el momento en que dejáramos definitivamente atrás el juego suave y otro hombre la follara de verdad.
Pensé que lo difícil sería llegar al punto en que Cielo estuviera dispuesta a hacerlo.
Resulta que ella ya estaba ahí.
Lo difícil era encontrar al tipo.
Y eso sí que no lo había visto venir.
