Después de aquella noche no nos tranquilizamos. Nos calentamos más. Había ocurrido justo lo contrario de lo que quizá habría sido razonable esperar. Podíamos haber pensado que ya habíamos avanzado bastante, que convenía dejar reposar todo aquello durante unas semanas y volver a nuestra vida normal. Pero nuestra vida normal empezaba a incluir cada vez más sexo, más conversaciones sexuales y más excusas para vernos con la única intención de follar.
A veces ni siquiera intentábamos disfrazarlo de cita.
Nos organizábamos para vernos.
Y follar.
Eso era todo.
Habíamos pasado demasiado tiempo hablando de fantasías como para fingir ahora que aquellas experiencias no habían dejado consecuencias. A mí me bastaba recordar a Cielo con aquellos hombres para ponerme cachondo. Ella seguía repitiéndome que confiaba en mí, que quería continuar probando y que, mientras se sintiera cuidada, estaba dispuesta a dejarse llevar.
Así que empezamos a alimentar todavía más el ambiente.
Una de sus mejores amigas le había regalado por su cumpleaños un Satisfyer. Lo probó una vez y quedó prácticamente sentenciado.
No le gustó.
Me hizo gracia porque el juguete tiene fama de resolver la vida sexual de media humanidad y Cielo decidió muy rápidamente que la suya no necesitaba ser resuelta de esa manera. La estimulación le resultaba demasiado directa, demasiado localizada. Ella disfruta otra cosa. Cuando se masturba sola lo hace despacio, con sus dedos, controlando el ritmo, entrando poco a poco en calor. Y cuando está conmigo, todavía más: necesita piel, presión, movimiento, boca, manos, mi cuerpo encima o debajo, esa progresión en la que el placer no aparece apretando un botón sino construyéndose.
El Satisfyer podía hacer muchas cosas.
Pero no podía follarla.
Y ese era un inconveniente bastante serio.
Eso no significaba que descartáramos los juguetes. Todo lo contrario. Empezamos a mirar alternativas juntos y apareció una mariposa vibradora que se coloca en su vagina y puede controlarse desde el móvil.
Eso ya nos pareció bastante más interesante.
La pedimos.
Y empezó otra espera.
Solo imaginarla llevándola puesta mientras yo controlaba desde el teléfono cuándo vibraba, con qué intensidad y durante cuánto tiempo ya nos daba ideas. Podía utilizarla estando conmigo. Podía llevarla colocada cuando saliéramos. Podíamos salir y jugar sin que nadie supiera lo que estaba ocurriendo.
A mí, además, me encajaba perfectamente con lo nuestro.
Yo con el control.
Ella dejándose hacer.
Mientras esperábamos que llegara, Cielo empezó también a comprar alguna lencería. Cosas que quería ponerse para nuestras noches. Y ese detalle, aunque pueda parecer pequeño, me ponía muchísimo porque ya no era únicamente yo alimentando el juego. Ella estaba preparando «su» parte del juego. Elegía qué ponerse. Pensaba cómo quería verse. Empezaba a construir también esa versión suya que aparecía cuando el momento prometía algo diferente.
Todo contribuía a lo mismo.
Estábamos calientes.
Mucho.
Nos veíamos más para follar. Hablábamos de sexo con mayor facilidad. Recuperábamos vídeos. Recordábamos escenas. Yo utilizaba lo que había ocurrido con otros hombres para provocarla mientras estábamos en la cama y ella entraba cada vez más fácilmente en ese papel de sumisa que habíamos ido descubriendo juntos.
Y por debajo de todo había una pregunta que ya no podía seguir evitando.
¿Cuándo iba a verla follar con otro?
Hasta entonces habíamos avanzado por pequeñas puertas.
Primero imaginar. Después mirar. Después ser mirados. Después dejar que otros entraran un poco. Besar. Tocar. Sexo oral. Pero yo quería cruzar la siguiente. No tenía ninguna duda.
Quería verla con otro hombre.
No quería precipitarla. Tampoco quería que ocurriera simplemente porque una noche apareciera alguien disponible en un club y pensáramos: venga, pues ahora. Después de lo vivido entendí que prefería disfrutar esa primera vez desde el principio. Elegir bien. Estar tranquilo. Que ella estuviera tranquila. Poder mirar sin tener la cabeza pendiente de veinte cosas alrededor.
Así que una noche se lo dije.
—Quiero cuadrar verte con otro —dije casi implorando—. Tengo muchas ganas.
Ya no era una frase que le decía mientras follábamos.
Era un plan.
Cielo no se sorprendió demasiado.
A aquellas alturas probablemente habría sido más extraño que no apareciera la conversación.
Volvimos entonces inevitablemente a Sebastián.
Habíamos preparado con él aquel primer encuentro que nunca ocurrió: nosotros follando y él mirando, masturbándose, grabando si queríamos, sin tocarla. Después habían pasado tantas cosas que aquel plan parecía casi inocente.
Le propuse retomarlo.
Ella me dijo que sí.
Por un momento parecía la solución más sencilla. Sebastián era alguien conocido, entendía perfectamente el ambiente, respetaba límites y ya había demostrado que no iba a ponerse pesado si algo cambiaba. Confiábamos en él. Para una primera experiencia tenía muchas ventajas.
Pero entonces salió una conversación que hasta ese momento no había sido importante. Y surgió porque ella me lo preguntó explícitamente.
Mi historia con Sebastián no empezaba con Cielo.
Yo lo conocía de mi etapa anterior en el mundillo.
Y entre las experiencias de aquella época había una que lo involucraba a él y a mi expareja.
Se lo conté.
No necesitaba esconderlo. Si íbamos a meter a alguien en nuestra cama, mucho menos a alguien de mi pasado, Cielo tenía que saber exactamente de dónde venía.
Ella escuchó.
No montó ningún drama.
No se enfadó.
No cambió de opinión sobre querer probar.
Simplemente cambió una cosa.
—Búscalo.
Y después:
—Pero que no sea Sebastián.
Lo entendí.
Sebastián podía ser perfecto sobre el papel y, precisamente por nuestra historia, dejar de serlo.
Ya no era un hombre neutro.
No era simplemente “un chico del ambiente”.
Era alguien que pertenecía a una etapa sexual anterior mía. Alguien que ya había compartido una experiencia conmigo y con otra mujer que había sido mi pareja.
Y Cielo no quería que su primera gran experiencia de ese tipo fuera una repetición de algo que yo ya había vivido.
Tenía sentido.
Ella estaba descubriendo su propia sexualidad conmigo. Estábamos construyendo nuestras propias reglas, nuestros propios recuerdos, nuestra manera de jugar. Meter a Sebastián podía convertir algo completamente nuevo para ella en una escena que, de alguna manera, yo ya conocía.
No hacía falta.
Yo tampoco quería comparar.
Ni repetir.
Ni recordar otra historia.
Quería una nueva.
Nuestra.
Así que Sebastián dejó de ser candidato.
Sin enfados.
Sin grandes conversaciones.
Simplemente entendimos que podía seguir siendo amigo, contacto, alguien del ambiente, incluso una persona en la que confiar, pero no tenía por qué ocupar ese lugar.
Y eso nos dejó delante de un problema mucho más divertido.
Ahora había que encontrar a alguien.
Desde cero.
Un hombre que no perteneciera a mi pasado.
Que no perteneciera al suyo.
Que entendiera que entraría en una dinámica que ya existía y no a construir una nueva.
Pensé que tenía que atraerle a ella, evidentemente. Tenía que darme confianza a mí. Tenía que entender nuestras reglas. Saber que yo iba a estar allí. Que Cielo podía disfrutar con él, pero que el ritmo lo marcábamos nosotros.
Y, sobre todo, tenía que entender algo que para entonces ya era fundamental.
Cielo podía decirme:
—Yo hago lo que tú quieras.
Pero eso no significaba que otro hombre pudiera hacer lo que quisiera con ella.
Había una diferencia enorme.
Ella me entregaba a mí ese control porque confiaba en mí. El tercero entraría únicamente hasta donde nosotros le abriéramos la puerta. Pensarlo me ponía cachondísimo. En realidad no hablamos de cómo tendría que ser. Ni su edad, ni su físico. Ni su actitud. Nada. Solo sabíamos que ya no buscábamos una fantasía.
Buscábamos un hombre.
Algún desconocido estaba haciendo su vida tranquilamente sin saber que Cielo y yo habíamos empezado a buscarlo.
Y yo solo podía pensar en una cosa.
En algún momento iba a encontrarlo.
Tenía que buscar la manera de iniciar la búsqueda.
Iba a conseguirlo sabiendo exactamente para qué estaba allí.
Yo tenía la responsabilidad de ir a por él, pero aún había que definir ciertas cosas. Aún teníamos pendiente una conversación: ¿cómo tendría que ser?
Y, si todo encajaba, algún día iba a decirle a Cielo lo mismo que ya me había dicho otras veces:
—Hazlo.
