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Lo primero que descubrí después de aquella noche fue que el morbo no desaparecía cuando terminaba la experiencia. Al contrario. Se quedaba. Durante meses había imaginado a Cielo con otros hombres, había construido escenas en mi cabeza, me había masturbado pensando en verla besar a otro, tocarlo, dejar que alguien más la tocara mientras yo estaba allí. Pero una fantasía tiene una ventaja: siempre ocurre exactamente como quieres. La realidad no. La realidad improvisa, desordena, sorprende. Y quizá por eso lo que pasó aquella noche me puso todavía más de lo que había imaginado.

Yo habría querido ver más.

Claro que sí.

El primer chico la había besado y había jugado con ella. El segundo la había hecho gemir mientras yo estaba allí. En algún momento de aquella noche pensé que habría podido dejar que cualquiera de los dos avanzara mucho más. Podía imaginarlo perfectamente. Podía imaginar a Cielo tumbada, mirándome, mientras otro hombre la follaba delante de mí.

Y quería verlo.

Pero no era el momento.

Eso lo tuve bastante claro incluso estando caliente. Que algo me excitara no significaba que tuviera que ocurrir en ese instante. Estábamos en un club, había gente alrededor, todo había surgido de manera completamente improvisada y ella acababa de atravesar varias fronteras en pocas horas. Yo quería saber hasta dónde podía llegar aquella fantasía, pero no tenía ninguna necesidad de convertir esa noche en una prueba de resistencia.

Además, había algo que me interesaba incluso más que llegar más lejos.

Observarla.

Ver cómo reaccionaba.

Cómo me miraba antes de hacer algo.

Cómo esperaba una indicación.

Cómo se soltaba después.

Aquella noche entendí que nuestra dinámica de amo y sumisa no era simplemente algo que funcionaba en nuestra cama cuando yo le daba órdenes o ella se dejaba llevar. También podía convertirse en la manera en que entrábamos juntos en este mundo. Ella no necesitaba tener un guion completo en la cabeza porque confiaba en mí para marcar los límites.

Y después empezó a decir una frase que desde entonces ha repetido muchas veces:

—Yo hago lo que tú quieras.

Pero casi siempre añade algo.

—Porque sé que me vas a cuidar.

Ahí está todo.

No significa que yo pueda hacer cualquier cosa con ella. Significa exactamente lo contrario: que ella puede soltarse porque confía en que yo sé cuándo parar. Esa confianza, para mí, terminó siendo incluso más excitante que la obediencia. Saber que podía mirarme, esperar una señal y entregarse dentro de un límite que yo estaba cuidando me ponía muchísimo.

Pasaron los días y empecé a digerir lo ocurrido.

O quizá debería decir que empecé a volver a vivirlo.

Habíamos grabado un pequeño fragmento cuando el segundo chico estaba con ella. Muy poco. Pero suficiente.

Y aquello se convirtió rápidamente en material peligroso para mí.

Podía verlo cuando quisiera.

Podía volver a observar su cara.

Sus reacciones.

La manera en que se dejaba llevar.

Podía recordar exactamente dónde estaba yo, qué estaba sintiendo y lo increíblemente excitante que me había resultado ver a otro hombre darle placer mientras ella seguía conectada conmigo.

Me masturbé muchas veces viendo ese vídeo.

Muchas.

No porque necesitara imaginar algo nuevo, sino porque por primera vez ya no tenía que imaginarlo. Tenía una prueba. Había ocurrido. Ella había estado ahí. Yo había estado ahí. Ese hombre había estado entre nosotros y la escena seguía existiendo dentro de mi teléfono.

Cada vez que la veía, el morbo crecía un poco.

Eso fue probablemente lo que más me sorprendió.

Pensaba que quizá después de cumplir una parte de la fantasía se produciría cierto descenso. Como cuando deseas mucho algo, lo consigues y después descubres que no era para tanto.

Con esto ocurrió exactamente lo contrario.

Lo había probado.

Y ahora quería más.

No necesariamente más deprisa. Eso es distinto.

Pero sí más.

Quería volver a verla con otro hombre. Quería ver qué ocurriría cuando alguien pudiera tocarla durante más tiempo. Quería descubrir cómo reaccionaría ella. Cómo reaccionaría yo. Quería llegar algún día a esa escena que llevaba años imaginando: verla follar con otro mientras yo estaba allí.

Pero después de aquella primera experiencia tampoco queríamos correr.

Cielo hablaba poco de lo sucedido.

No porque se arrepintiera.

Lo poco que decía era suficiente para saber que le había gustado, que estaba dispuesta a seguir explorando y que confiaba todavía más en mí. Pero había partes de la noche que recordaba de manera extraña. Al día siguiente me dijo que algunas cosas estaban muy claras y otras prácticamente no.

Recordaba besar al chico.

Recordaba que él terminó sobre su pecho.

Recordaba al segundo hombre haciéndola disfrutar.

Pero decía no recordar claramente algunos minutos intermedios.

Quizá había sido el vino. Quizá la cantidad de estímulos. Quizá simplemente una de esas noches en las que pasan demasiadas cosas en muy poco tiempo.

No intentamos convertir ese vacío en algo excitante.

Más bien me confirmó algo que ya venía sintiendo: la próxima vez que diéramos un paso importante quería que todo fuera más tranquilo. Quería que ella estuviera completamente presente y que al día siguiente pudiera recordar cada parte si quería recordarla.

No había ninguna prisa.

La fantasía podía esperar.

El deseo, en cambio, no esperaba demasiado.

Unos días después estábamos jugando otra vez los dos solos. Empezamos a hablar de aquella noche mientras follábamos y le pedí que me contara todo lo que recordaba. Pero despacio. Sin resumir. Quería escucharla reconstruirlo delante de mí.

Me contó el beso.

Me contó las manos.

Me contó cómo se había sentido.

Me contó lo que recordaba del primer chico.

Me contó al segundo.

Yo la escuchaba y cada frase me iba calentando más.

Hay algo profundamente morboso en escuchar a tu pareja contar lo que hizo con otro hombre cuando sabes que tú estabas allí y fuiste quien permitió que ocurriera. No era una confesión de infidelidad. No había culpa. No había nada escondido. Éramos nosotros excitándonos con algo que habíamos construido juntos.

Y entonces convertimos el recuerdo en parte de nuestro juego.

Entró otra vez nuestra dinámica.

Amo.

Sumisa.

Le hice repetir algunas cosas. Le pregunté qué había sentido. La provoqué con lo que había hecho. Y jugamos con una especie de “castigo” completamente nuestro, completamente sexual, por haberse portado así aquella noche.

La abofeteaba dentro del juego mientras ella se excitaba cada vez más.

—¿Así que besaste a otro?

Ella sabía perfectamente de qué iba aquello.

No estaba siendo juzgada.

Todo lo contrario.

La estaba calentando precisamente con algo que yo había querido que hiciera.

La contradicción me parecía deliciosa.

Castigarla por obedecerme.

Recordarle que había tenido la boca de otro hombre mientras yo la follaba.

Hacerla repetir escenas que ya conocía, exagerarlas, convertirlas en combustible.

Ella entró completamente en el juego.

Yo también.

Y terminamos follando muchísimo.

Aquella vez también grabamos parte de lo nuestro.

Ese vídeo terminó convirtiéndose en uno de mis favoritos cuando ella no está.

Porque contiene todo lo que me excita de nosotros.

No hay otro hombre físicamente en la habitación, pero está presente en la conversación. Está en lo que pasó. Está en lo que ella recuerda. Está en la forma en que yo utilizo ese recuerdo para dominarla y en cómo ella responde.

Cuando veo ese vídeo no estoy mirando simplemente sexo entre Cielo y yo.

Estoy viendo las consecuencias de haber abierto una puerta.

Y eso fue lo que aquella experiencia dejó realmente.

No fue únicamente que otro hombre la besara.

Ni que otro la tocara.

Ni que ella hiciera algo sexual con alguien más.

Fue descubrir que todo eso podía convertirse después en parte de nuestra propia sexualidad.

El morbo no terminaba cuando el tercero se iba.

Volvía con nosotros a casa.

Entraba en nuestra cama.

Se metía en nuestras conversaciones.

Aparecía cuando estábamos separados.

Se convertía en vídeos.

En masturbaciones.

En órdenes.

En recuerdos.

En nuevas fantasías.

Y cada vez que lo utilizábamos entre nosotros, la experiencia crecía un poco más.

Por eso yo no quería correr.

Puede parecer contradictorio. Estaba cada vez más obsesionado con verla con otro hombre y, al mismo tiempo, tenía menos ganas de hacerlo de cualquier manera.

Ya había comprobado que aquello me ponía.

Muchísimo.

No necesitaba demostrar nada.

Ahora quería que la primera vez que otro hombre la follara fuera una experiencia que pudiéramos recordar completa. Sin prisas. Sin demasiado ruido alrededor. Sin que ocurriera simplemente porque alguien estuviera disponible.

Quería verla.

Quería estar presente.

Quería disfrutar cada segundo.

Quería poder observar su cara y descubrir qué ocurría conmigo cuando finalmente atravesáramos esa frontera.

Y ella, por su parte, seguía soltando aquella frase que cada vez me excitaba más:

—Yo hago lo que tú quieras.

Porque sabía que había una segunda parte.

—Sé que me vas a cuidar.

Y eso era exactamente lo que pensaba hacer.

Cuidarla.

Llevarla.

Y seguir descubriendo, poco a poco, hasta dónde podíamos llegar juntos. Porque después de aquella noche ya sabía una cosa con absoluta certeza. Quería verla con otro. Y ahora la fantasía era mucho peor. Porque ya sabía lo bien que se veía cuando empezaba a ocurrir.

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