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Llegué de viaje el jueves por la mañana. Cielo me estaba esperando en el aeropuerto y, después de varios días separados, yo tenía dos necesidades bastante claras: verla y follar. Ella, en cambio, tenía además un fin de semana entero organizado.

Salimos del aeropuerto y terminamos recorriendo varios bares, cerveza tras cerveza, repasando lo que había preparado. El viernes iríamos al sur. Hotel. Mystique. El sábado también había plan. Yo apenas acababa de aterrizar y ella ya tenía las próximas cuarenta y ocho horas bastante claras.

Eso me encantaba.

No solo porque prometía sexo. Era verla tomando la iniciativa. Después de tantas conversaciones, tantas preguntas y tantos «todavía no», ahora era ella quien estaba organizando un fin de semana alrededor de algo que meses atrás probablemente ni habría imaginado. Aquella noche salimos un rato, pero regresamos pronto.

Había que ponerse al día.

Y nos pusimos.

Después de pasar días separados, follar tiene algo diferente. No hace falta demasiado preámbulo ni grandes planes. Hay hambre. Hay ganas acumuladas. Hay cuerpos que se conocen y que llevan varios días sin encontrarse. Nos acostamos tarde.

Al día siguiente trabajamos y, cuando terminamos, cogimos las cosas y nos fuimos al sur de Tenerife.

Ella había reservado un hotel grande, uno de esos complejos vacacionales donde parece que todo el mundo está de vacaciones menos tú, que has ido con intenciones bastante diferentes. Dejamos las cosas. Y volvimos a follar.

Era viernes y todavía ni siquiera habíamos llegado al club.

Por la noche nos arreglamos y salimos hacia Mystique.

Yo tampoco había estado nunca. Eso tenía algo curioso. Aunque había conocido el ambiente liberal años atrás y tenía bastante más experiencia que ella, esta vez los dos entrábamos a un sitio nuevo. Llegamos exactamente a las 23:25. Nos explicaron cómo funcionaba el club y un chico nos hizo un recorrido rápido por las instalaciones. Nada demasiado largo. Sala de baile, bar, piscina, zonas de juego, habitaciones.

Durante ese primer paseo ya empezamos a ver cosas. Parejas. Gente desnuda. Alguna puerta abierta. Cuerpos moviéndose en lugares donde normalmente uno espera encontrar simplemente una cama vacía. Para mí no era especialmente sorprendente. Para Cielo seguía siendo nuevo. Pero ya no tenía la cara de nuestra primera noche en un club.

Estaba tranquila.

Expectante, sí. Miraba. Procesaba. Pero estaba tranquila. Se había puesto un vestido negro espectacular. No demasiado elegante, pero muy sexy. Y por supuesto recibía miradas desde temprano. Nos pedimos unas copas y nos sentamos en la sala de baile. No había demasiada gente. Tampoco estaba vacío. La cantidad justa para sentir que algo podía ocurrir sin tener la sensación de haber llegado a una fiesta multitudinaria.

Bebimos. Hablamos. Miramos. Y yo esperé. No quería que entrar en la zona de juegos fuera un acto programado porque tocaba hacerlo. Tampoco quería preguntarle cada cinco minutos si estaba preparada. Necesitaba que la noche calentara sola. Pasaron casi dos horas.

Entonces la miré.

—Vamos dentro.

No hubo una gran conversación. Ella se levantó y vino conmigo. Nos quitamos la ropa y nos quedamos en ropa interior, con una toalla. Cruzamos hacia la zona de juegos y empezamos a caminar despacio. Esta vez ya no había recorrido guiado. Éramos nosotros. Íbamos mirando habitaciones, rincones, gente jugando, espacios ocupados y otros vacíos.

Hasta que encontramos uno.

Era una habitación libre. Lo interesante eran las ventanas. Muchas. Entramos. Y esta vez no cerramos el mundo detrás de nosotros. Nos besamos. Empecé a tocarla. Ella estaba excitada, aunque yo podía notar también esa tensión pequeña que aparece cuando sabes perfectamente que algo nuevo está a punto de ocurrir. Nos quitamos lo poco que quedaba. La tumbé. Y empecé a follarla.

Al principio seguía siendo nosotros dos. Su cuerpo debajo del mío. Mis manos. Su respiración. Nuestra manera habitual de encontrarnos. Hasta que dejó de ser únicamente nosotros dos.

—Hay varios chicos mirando.

Me lo dijo mientras yo estaba encima de ella.

Yo estaba de espaldas a las ventanas, así que no veía prácticamente nada. Ella sí.

—¿Cuántos?

Miró hacia afuera.

—Como cinco, al menos.

Y seguí follándola.

Aquella frase me puso muchísimo. Cinco hombres mirando cómo follaba con mi chica. Cinco caras detrás de unas ventanas viendo algo que hasta entonces solo había sido nuestro. Yo no podía verlos. Ella sí. Eso lo hacía todavía más morboso. Mientras yo estaba encima, ella podía mirar directamente hacia las ventanas y ver sus caras. Saber exactamente quién estaba allí. Saber que esos hombres habían parado para verla.

Y su expresión no era de miedo. Era satisfacción. Placer. Morbo. La fantasía que durante meses había aparecido en nuestras conversaciones estaba ocurriendo delante de nosotros de una manera increíblemente sencilla. Ella quería ser mirada mientras follaba conmigo. Y la estaban mirando. No había nadie tocándola. Nadie se acercaba. Nadie intentaba participar. Exactamente lo que ella había pedido desde el principio. No sabía qué hacían al otro lado de las ventanas. Quizá alguno se masturbaba mientras nos miraba. Solo imaginarlo me ponía todavía más.

Yo seguía moviéndome sobre ella y cada vez que me decía que continuaban allí me excitaba más. Pero también estaba demasiado pendiente de todo. De ella. De su cara. De comprobar que realmente estuviera cómoda. De cualquier gesto que significara que aquello empezaba a sobrepasarla. De las ventanas. De la habitación. De que nadie entrara. Y eso terminó jugándome una pequeña mala pasada. Mi erección perdía fuerza por momentos. No porque aquello no me pusiera. Todo lo contrario. Me ponía muchísimo. Pero una parte de mi cabeza estaba follando y otra estaba trabajando.

Yo quería que aquella primera experiencia fuera buena para ella. Quería que pudiera disfrutarla sin tener que preocuparse por nada. Y mientras ella podía concentrarse en sentir, yo estaba intentando controlar lo que ocurría alrededor. Ella estaba mucho más cómoda de lo que yo había imaginado. Eso era probablemente lo mejor de todo. La miraban y seguía follando conmigo. No intentaba cubrirse. No me pedía parar. No apartaba la cara. Miraba hacia las ventanas. Volvía a mirarme. Y disfrutaba.

No acabamos.

En algún momento sentí que ya habíamos tenido suficiente de aquella habitación.

—Vamos a otro sitio.

Ella aceptó.

Nos cubrimos lo justo y seguimos recorriendo el club. Terminamos en la piscina. Allí hubo roces, besos, cuerpos muy cerca y ese tipo de contacto que se vuelve inevitable cuando estás desnudo dentro de una piscina de un club liberal. Pero no interactuamos sexualmente con nadie.

Tampoco era el plan.

Llevábamos ya unas dos horas dentro cuando decidimos marcharnos. Volvimos al hotel. Y ahí sí. Ahí mi cabeza dejó de vigilar ventanas. No había cinco hombres mirando. No había que comprobar quién entraba. No había que estar pendiente de cómo reaccionaba ella. Estábamos solos. Y follamos de verdad. Con fuerza. Con ganas. Con todo lo que había quedado a medias en Mystique acumulado dentro. Mientras la tenía conmigo no podía dejar de pensar en la habitación. En ella diciéndome:

—Hay varios chicos mirando.

En las cinco caras detrás de las ventanas. En saber que aquellos hombres habían estado viendo a Cielo mientras yo la follaba. En imaginar qué habrían pensado. En saber que ella los había visto mirar. En recordar su cara mientras ocurría. Todo eso convirtió el sexo del hotel en algo mucho más intenso. Ya no estaba pendiente de proteger la experiencia. La experiencia había terminado.

Ahora podía disfrutar de lo que había dejado dentro de mí. Y había dejado mucho. Aquella noche follamos con el recuerdo todavía caliente. Para alguien desde fuera quizá no había ocurrido demasiado. Nadie la tocó. No hubo intercambio. No hubo trío. No hubo otra pareja. Ni siquiera acabamos dentro del club. Pero para nosotros había ocurrido algo enorme. Por primera vez, alguien ajeno a nuestra relación la había visto follar.

No uno.

Varios. Y ella había querido que ocurriera. Se había tumbado conmigo delante de aquellas ventanas sabiendo perfectamente para qué servían. Había visto las caras. Había sentido las miradas. Y había disfrutado. Su fantasía acababa de dejar de ser una fantasía. Aquella noche entendí también algo de la mía. Verla deseada me ponía tanto como había imaginado. Quizá más. Y aunque todavía no la había visto con otro hombre, había podido sentir una pequeña parte de aquello: otros hombres mirando a mi chica, excitándose con ella, queriendo ver más mientras yo era quien estaba follándola.

Era poco.

Pero era suficiente.

Suficiente para saber que queríamos seguir. Y suficiente para que, al volver al hotel, ya no fuéramos exactamente la misma pareja que había llegado aquella tarde al sur.

Y el fin de semana apenas acababa de empezar.

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