El sábado nos despertamos todavía con Mystique metido en el cuerpo. La noche anterior Cielo había cumplido por fin su fantasía de ser mirada mientras follábamos y yo seguía recordando aquellas caras detrás de las ventanas, pero el fin de semana no había terminado. Ella lo había organizado así. Cambiamos de alojamiento y nos fuimos a uno de los mejores hoteles del norte de Tenerife, cerca del siguiente plan que había reservado: Wine and Sex. La habitación era espectacular y tenía jacuzzi, de modo que hicimos lo que llevábamos haciendo desde que yo había regresado del viaje: follar cada vez que encontrábamos un lugar mínimamente apropiado para hacerlo.
El jacuzzi fue un calentamiento perfecto.
Agua caliente, besos, manos debajo del agua y sexo mucho más lento de lo habitual, buscando posiciones cómodas entre las burbujas, ella encima por momentos, yo acercándola por la cintura, rozándonos más que intentando hacer ninguna proeza imposible dentro del agua. Rico, tranquilo y suficiente para dejarnos otra vez con ganas. Después descansamos, nos arreglamos y salimos hacia Wine and Sex sin saber que aquella noche terminaría convirtiéndose en la experiencia más intensa que habíamos vivido hasta entonces.
Wine and Sex era justo lo que prometía el nombre, aunque bastante más elegante de lo que puede sugerir cuando lo cuentas así. Vino, música, luces cálidas, performances sensuales, bailarines y bailarinas recorriendo el espacio con muy poca ropa y un ambiente pensado para provocar sin convertir aquello en un club liberal. Todo estaba hecho para acercar cuerpos, romper un poco las distancias y conseguir que la gente dejara de comportarse como si hubiera salido simplemente a tomarse una copa. Y nosotros bebimos. Bastante. No hasta perder el control ni mucho menos, pero sí lo suficiente para desprendernos de esa capa de prudencia que uno lleva puesta cuando entra a un sitio nuevo. El vino ayudó. A Cielo le soltó el cuerpo. A mí me aflojó la cabeza. Después de tantos meses hablando, pensando, midiendo y preguntándonos hasta dónde podíamos llegar, aquella noche estábamos más dispuestos a disfrutar primero y analizar después.
Lo noté enseguida en ella. Estaba especialmente suelta, sexy, cómoda. En algún momento una de las bailarinas empezó a jugar con Cielo y acabaron bailando juntas. La chica estaba buenísima y ver a las dos pegadas, moviéndose, sonriendo, entrando en el juego con espontaneidad me puso mucho. Cielo no parecía la mujer que meses antes se avergonzaba de decirme algunas fantasías. Tampoco era otra persona. Era ella, pero cada vez menos preocupada por lo que se suponía que debía hacer y más pendiente de lo que le apetecía hacer.
Al final del evento, el staff comenzó a mezclarse todavía más con los asistentes. Una chica guapísima apareció con un látigo y terminó jugando conmigo, azotándome un poco mientras Cielo se sumaba. Nos reíamos, bebíamos, nos tocábamos. Era sexo sin sexo todavía, pero todo tenía una carga sexual evidente. Entonces aparecieron dos de los chicos del staff. Los dos tenían unos cuerpos espectaculares y empezaron a bailar con Cielo. Primero fue baile. Luego cuerpos mucho más cerca. Después manos. Ella los tocaba y ellos la tocaban a ella. Yo estaba a pocos metros viendo cómo dos hombres guapísimos jugaban con mi chica y sentí exactamente aquello que tantas veces había imaginado estando solo: me ponía verla deseada.
Pero había algo más.
Me ponía verla soltarse porque sabía que yo estaba allí. Ese detalle era fundamental. Nuestra dinámica ya había empezado a tener una forma muy clara: cuando entrábamos en ese terreno, ella necesitaba sentir que yo llevaba el volante. No porque no pudiera decidir por sí misma, sino porque entregarme parte del control le permitía dejar de pensar tanto. Ella podía jugar, bailar, dejar que la tocaran y disfrutar porque sabía que yo estaba mirando y que, si algo cruzaba una línea, yo iba a intervenir. Esa relación entre amo y sumisa que habíamos ido descubriendo en nuestra cama empezaba a colarse también fuera de ella. Yo marcaba hasta dónde. Ella podía soltarse dentro de ese espacio. Y verla hacerlo me excitaba muchísimo.
Cuando Wine and Sex terminó ya era cerca de medianoche. Teníamos hotel. Podíamos haber regresado y follado con todo aquello en la cabeza. Era probablemente lo sensato. Pero llevábamos vino encima, Cielo venía de bailar y dejarse tocar por aquellos dos chicos y yo estaba demasiado caliente para mandar la noche a dormir. Así que decidimos ir a DUOS Acapali, el primer club liberal al que habíamos ido juntos, el de Sebastián, aquel donde nuestra primera gran aventura había consistido simplemente en follar los dos solos detrás de una puerta cerrada.
Aquella noche estaba bastante tranquilo. Nos sentamos, pedimos algo y estuvimos un rato hablando. Cielo fue al baño y un chico joven se acercó a mí. Parecía educado, tranquilo y no tenía esa ansiedad que a veces resulta evidente en algunos hombres solos dentro de un club. Le dije que no estábamos buscando jugar con nadie. Lo aceptó sin insistir, y quizá precisamente por eso, mientras hablábamos, pensé que podía sentarse un rato con nosotros. Cuando Cielo volvió le dije que se quedara. Él se sentó a su lado y yo me levanté un momento a por una bebida. Desde la distancia podía verlos. No pasó ni un minuto antes de que regresara.
Cielo me miró en cuanto me senté. El chico le había preguntado si podía besarla. Ella no le había respondido todavía. Había esperado a que yo volviera. Entonces me miró con esa expresión que ya empezaba a reconocer.
—¿Puedo? —me preguntó ella.
Aquello me atravesó de arriba abajo.
—Sí.
Y se besaron.
No fue una escena gigantesca. No se detuvo el club. Simplemente mi chica acercó su boca a la de otro hombre y comenzó a besarlo delante de mí. Pero para nosotros aquello era enorme. Nunca la había visto besar a otro. Ella nunca había besado a nadie delante de mí. Y yo estaba allí, mirando, sabiendo que había ocurrido porque yo había dicho que sí. Sentí el morbo de la escena y también ese golpe de nuestra dinámica: me había preguntado, yo había permitido y ella se había soltado.
Quise más.
Le dije al chico que viniera con nosotros a un reservado. Entramos los tres y nos quitamos la ropa. Cielo se sentó en la cama. Él quedó delante de ella y yo me coloqué a un lado, lo bastante cerca para participar pero también para verlo todo. Antes de que ocurriera nada dejé clara la regla: podían jugar, pero no podía follarla. No hacía falta más. Aquella noche ya estábamos atravesando suficientes puertas.
El chico preguntó si Cielo podía hacerle sexo oral. Ella no respondió directamente. Me miró a mí.
—Hazlo —le ordené.
Y lo hizo.
Ver a Cielo con otro hombre entre sus manos y su boca fue una de esas imágenes que mi cabeza había fabricado cientos de veces y que, cuando finalmente ocurre, no se parece exactamente a ninguna de ellas. Era mucho más real. Más extraño. Más caliente. Mi chica estaba delante de mí haciendo algo sexual con otro hombre y yo no sentía ganas de detenerlo. Sentía ganas de acercarme, mirar mejor, tocarla, verla obedecer y comprobar cuánto me excitaba realmente aquello.
Me excitaba muchísimo.
El chico estaba tan caliente que duró poco. Terminó masturbándose frente a ella y acabó sobre su pecho antes incluso de que pudiéramos detenernos demasiado a pensar en lo rápido que estaba pasando todo. Cielo seguía sentada allí, desnuda, mirándome. Y yo estaba completamente encendido. No solo por lo que acababa de hacer, sino por su manera de vivirlo. No la sentía lejos de mí. Todo lo contrario. Cada vez que aparecía una duda buscaba mis ojos. Cada paso nuevo pasaba por nosotros dos. Era nuestra experiencia aunque hubiera alguien más dentro de ella.
El chico se marchó y entonces vi a otro hombre en la puerta. Estaba mirando. Era algo mayor. Me acerqué y, quizá impulsado por todo lo que ya llevaba aquella noche dentro —el vino, Wine and Sex, los bailarines, el beso, verla hacer sexo oral a otro—, fui yo quien lo invitó.
—Puedes entrar. Pero solo puedes hacerle sexo oral.
Entró.
Cielo se tumbó y él se colocó entre sus piernas. Yo me quedé al lado observando cómo empezaba a hacerla gemir. Aquello sí me golpeó de una manera distinta. Ya no era solo verla dando placer. Era verla recibiéndolo de otro hombre. Su cuerpo respondía, su respiración cambiaba y yo podía observarlo todo desde una posición privilegiada. Grabé algún momento. Me acercaba a tocarla, a besarla, a recordarle con mi presencia que seguía allí. Ella gemía con otro hombre entre sus piernas y me buscaba a mí.
Y entonces ocurrió una imagen que todavía hoy puedo recuperar perfectamente.
Me coloqué cerca de su cara y ella empezó a hacerme sexo oral mientras el otro hombre seguía entre sus piernas.
Ahí estaba.
Cielo conmigo mientras otro la hacía gemir.
Yo podía verla, tocarla, dirigir el momento. Ella podía entregarse porque sabía exactamente dónde estaba yo. No necesitábamos llamarnos amo y sumisa cada treinta segundos para entender qué estaba ocurriendo. Estaba en su mirada. En la forma en que esperaba mi autorización. En cómo yo ponía los límites. En cómo ella, una vez dentro de esos límites, dejaba de contenerse.
Aquello me volvió loco.
El segundo chico quería avanzar más. Se notaba. Pero follarla no estaba permitido. La regla no cambió porque estuviéramos calientes, ni porque ella estuviera disfrutando, ni porque la noche hubiese ido mucho más lejos de lo que pensábamos unas horas antes. Cuando entendió que aquello era todo, terminó marchándose.
Nos quedamos solos y durante unos segundos simplemente nos miramos.
Habíamos empezado el día follando dentro de un jacuzzi. Después Cielo había bailado sensualmente con una mujer, dos bailarines habían jugado con ella, un chico la había besado y había recibido sexo oral de ella, y otro hombre acababa de hacerla gemir entre sus piernas mientras ella estaba conmigo.
Todo en una sola noche.
Nos vestimos y regresamos al hotel.
Yo no podía dejar de hablar de lo guapa, sexy y tremendamente excitante que se había visto. Estaba eufórico. No por haber tachado cosas de una lista, sino porque acababa de comprobar en la realidad algo que llevaba muchísimo tiempo viviendo únicamente dentro de mi cabeza: verla con otros hombres no me alejaba de ella. Me acercaba. Me hacía desearla todavía más.
En la habitación puse algo de porno y le pedí que volviera a ponerse de rodillas delante de mí. Lo hizo. Aquello tenía otra carga después de todo lo que acababa de pasar. Mientras me daba placer yo seguía viendo escenas del club: su boca con aquel chico, sus piernas abiertas, sus gemidos, sus ojos buscándome antes de cada paso. Después follamos, y entonces sí pude dejar de controlar absolutamente todo.
Ya no había nadie más.
No había puertas.
No había chicos esperando.
No había límites que explicarle a un tercero.
Éramos ella y yo otra vez.
Y follamos con todo aquello acumulado encima.
Fue muchísimo más intenso porque la noche estaba dentro de nosotros. Yo no necesitaba inventarme ningún trío mientras la tenía conmigo. Acababa de verla con otros hombres. No necesitaba imaginar que alguien la deseaba. Había visto cómo se acercaban a ella. No necesitaba preguntarme cómo reaccionaría al sentir unas manos ajenas. Ya lo sabía.
La follé recordándolo.
Ella se dejó llevar.
Terminamos agotados.
Y al despertar volvimos a follar.
Aquella mañana tuve claro que algo había cambiado. La noche anterior no había sido nuestra primera visita a un club ni nuestra primera fantasía cumplida. Había sido nuestra primera experiencia realmente compartida con otros. Muy soft, sí. Nadie la había follado. No hubo intercambio completo. Pero por primera vez Cielo había interactuado con otros hombres.
Y yo había sido quien había abierto y cerrado cada puerta.
Eso era lo que más me había excitado.
No “prestarla”. No perderla. No desaparecer para que otro ocupara mi sitio. Exactamente lo contrario.
Yo seguía siendo el centro de referencia de Cielo mientras ella exploraba.
Ella podía soltarse porque confiaba en mí.
Yo podía compartirla porque confiaba en ella.
Aquella noche entendí que nuestra forma de jugar probablemente siempre iba a tener algo de eso. Ella sumisa, pero nunca anulada. Yo dominante, pero no para empujarla, sino para construir el espacio en el que pudiera entregarse sin miedo. Los terceros podían entrar, tocar, mirar, participar hasta donde nosotros decidiéramos.
Pero la escena seguía siendo nuestra.
Y quizá eso fue lo que más me puso de toda aquella locura.
No había dejado de ser mi chica ni un solo segundo.
Solo acababa de descubrir lo increíblemente excitante que podía ser verla disfrutar también en manos de otros.
