—Yo no estoy preparada para verte con otra chica.
Lo dijo una noche cualquiera, pero no sonó como una frase cualquiera.
No fue una escena dramática. No estábamos discutiendo. No había pasado nada raro. Seguíamos en esa etapa en la que las fantasías ya formaban parte de nuestra forma de follar, de hablar, de calentarnos por teléfono, de mirarnos después como si acabáramos de decir algo que no sabíamos si podíamos sostener.
Ella ya sabía bastante.
Sabía lo que me ponía. Sabía que mi deseo principal no iba de buscar una mujer para mí, sino de imaginarla a ella con otro hombre, mirada, deseada, quizá algún día tocada, siempre conmigo dentro de la escena. Sabía que yo podía excitarme mucho con la idea de compartirla. También sabía que, cuando hablábamos de todo eso, no lo hacía desde la amenaza ni desde la prisa. Incluso, sabía mucho sobre mi pasado.
Pero una cosa era escuchar mi fantasía.
Y otra imaginarme a mí con otra mujer.
Ahí algo se le cerraba.
—No quiero que folles con ninguna otra —me dijo—. Al menos no ahora.
Ese «al menos no ahora» fue muy suyo. No era una prohibición lanzada con rabia. Era una manera de decir: «no puedo con eso todavía, pero tampoco quiero parecer cerrada para siempre». Como si incluso al poner un límite sintiera que tenía que dejar una puerta pequeña abierta para no parecer injusta.
Y ahí apareció otra cosa.
La culpa.
—Me siento egoísta —dijo.
No hizo falta que explicara mucho más. La entendí enseguida.
Ella sentía que había una especie de desequilibrio: yo podía imaginarla con otro, incluso excitarme con eso, y ella no podía imaginarme a mí con otra sin que se le movieran los celos, la inseguridad, la comparación, el miedo a no controlar lo que sentiría después.
Se veía injusta.
Pero no lo era. Porque esto no iba de repartir permisos como si estuviéramos firmando un contrato con dos columnas iguales. No era «si tú puedes, yo también». No era una tabla de compensaciones sexuales. No era una relación abierta diseñada con escuadra, regla y calculadora.
Era nuestra relación. Nuestro deseo. Nuestros límites. Y en ese momento, su límite era claro: podía empezar a escuchar la fantasía de que la vieran, podía dejarse tocar por ciertas ideas mientras follábamos, podía incluso excitarse cuando yo le decía que la imaginaba con otro. Pero verme a mí con otra mujer era otra cosa.
Le dije la verdad.
—No tengo prisa.
Y la tenía que repetir porque era importante.
No tenía prisa de verdad. No la estaba llevando hacia un club para buscarme una chica. No estaba esperando el momento perfecto para cobrarme nada. No estaba construyendo toda esa confianza para luego decirle: «ahora te toca aguantar lo mío».
Eso habría sido una basura.
Sí, me pueden atraer otras mujeres. Claro que sí. No soy de piedra, ni falta que hace. Puedo tener curiosidades, fetiches, cuerpos que me llaman la atención, escenas que me ponen. Pero en esa etapa, con ella, mi deseo estaba muy claro.
Yo quería verla a ella.
No quería perderme en otra.
Quería verla deseada. Ver cómo reaccionaba. Ver qué pasaba en su cuerpo cuando alguien más la mirara con ganas. Ver si ese morbo de ser mirada podía crecer sin hacerle daño. Ver si algún día se atrevía a algo más, no porque yo la empujara, sino porque ella también quisiera saber hasta dónde podía llegar.
Eso era lo que me movía.
Y para eso necesitaba que ella se sintiera segura conmigo, no amenazada por mí.
—No quiero que pienses que esto va de llevarte a un club y ponerme a follar con la primera que se cruce —le dije.
Se rió un poco, pero era una risa nerviosa.
—Es que no sé si podría verlo.
—Pues no tienes que verlo.
Así de simple.
A veces las respuestas más importantes no necesitan adornos.
Si ella no estaba preparada para verme con otra, eso no formaba parte del juego. Punto. Podía cambiar más adelante o no. Podía hablarse otra vez o quedarse ahí durante mucho tiempo. No importaba. Lo único importante era que en ese momento no se sintiera obligada a ser una mujer liberal completa, moderna, segura, abierta y perfectamente gestionada.
Nadie es todo eso de golpe.
Ella estaba empezando. Y empezar también significa saber decir: «esto no». Lo curioso era que esa conversación no apagó el morbo. Al contrario, lo ordenó. Porque al sacar ese miedo de la sombra, todo quedó más limpio. Si algún día íbamos a un club, no sería para probarlo todo. No sería para demostrar valentía. No sería para jugar a una versión de nosotros que todavía no existía.
Sería para mirar.
Para sentir.
Para saber qué nos pasaba allí dentro. Y, sobre todo, para que ella comprobara que podía confiar en mí incluso rodeada de estímulos, cuerpos, miradas y posibilidades.
Ella no necesitaba que yo prometiera ser perfecto.
Necesitaba ver que podía poner un límite y que yo no iba a castigarla por eso.
Esa noche seguimos hablando un rato. Luego, como pasaba muchas veces, la conversación volvió al cuerpo. No de forma brusca. Más bien como si necesitáramos comprobar que nada se había roto. Que seguíamos ahí. Que decir un miedo no había enfriado el deseo.
La follé con esa idea todavía en el aire.
Con más cuidado al principio.
Luego con más ganas.
Y en algún momento, mientras la tenía cerca, pensé que quizá ahí estaba la diferencia entre una fantasía que une y una fantasía que rompe: no en lo lejos que llega, sino en cómo trata los límites que aparecen por el camino.
Ella no estaba preparada para verme con otra.
Y yo no necesitaba que lo estuviera.
