—¿Y si yo nunca quisiera hacerlo?
Esa fue una de las primeras.
No la hizo con tono dramático. No hubo lágrimas, ni escena, ni pausa de película. La soltó como quien intenta parecer tranquila, pero en realidad está esperando que la respuesta no le rompa algo por dentro.
Estábamos en la cama.
No recuerdo si antes o después de follar. En esa etapa casi todo terminaba mezclado: conversaciones, manos, risas, preguntas, deseo acumulado, alguna frase dicha al oído, otra dicha demasiado pronto y luego ese silencio en el que los dos fingíamos que no acabábamos de abrir una puerta importante.
Ella ya sabía bastante de mí.
Sabía que yo había vivido cosas. Sabía que el mundo liberal no era una palabra decorativa en mi pasado. Sabía que me excitaba verla deseada, mirada, quizá algún día tocada por otro hombre si todo estaba hablado y ella quería. También sabía que su fantasía de ser mirada había encajado en mi cabeza de una forma bastante peligrosa.
Peligrosa no porque fuera mala.
Peligrosa porque era posible.
Y cuando algo empieza a parecer posible, aparecen las preguntas de verdad.
—Si yo nunca quisiera hacerlo, ¿tú estarías igual conmigo?
Ahí no servía ponerse sexy. Ni hacerse el profundo. Ni responder como un hombre moderno que ha leído dos frases sobre consentimiento y ahora cree que ya sabe hablar. Había que contestar bien.
—Sí —le dije—. Estaría contigo igual.
Y lo dije en serio.
Porque una cosa es tener una fantasía y otra convertirla en una condición. Yo podía desear muchas cosas. Podía imaginarla con otro. Podía excitarme la idea de verla en el centro de una escena que hasta hacía poco solo vivía en mi cabeza. Pero no quería una relación construida sobre una amenaza silenciosa.
No quería que ella sintiera: «si no hago esto, lo pierdo».
Eso no era deseo.
Eso era chantaje con luces rojas.
Y no íbamos por ahí.
Ella me miró como si necesitara comprobar que no estaba suavizando la respuesta para quedar bien.
—¿Seguro?
—Seguro.
No sé si me creyó del todo esa noche. Creo que necesitó escuchar esa respuesta varias veces, en días distintos, con estados de ánimo distintos. Y me parece normal. Cuando una mujer viene de una vida donde el sexo casi nunca tuvo espacio para el morbo, una fantasía como esa no se procesa en una conversación.
Se mastica. Se mira de lejos. Se acerca. Se aparta. Vuelve. La segunda pregunta llegó otro día, en otro tono.
—¿Eso significa que yo no te basto?
Esa sí me dolió un poco. No por mí. Por ella. Porque entendí perfectamente de dónde venía. Si tu pareja te dice que le excita imaginarte con otro hombre, lo fácil es escuchar justo lo que no se ha dicho. Que falta algo. Que no alcanzas. Que hay una parte de ti que no es suficiente. Que el otro vendría a completar lo que tú no das. Pero no era eso. De hecho, era casi lo contrario.
—Me pone porque eres tú —le dije—. No porque me faltes.
Y creo que ahí empezó a entender una parte importante. No toda, pero sí una parte. Yo no estaba buscando reemplazarla. Ni usarla. Ni empujarla a una escena para tachar una fantasía de una lista vieja. Lo que me excitaba era verla a ella desde otro lugar. Ver cómo se soltaba. Cómo se sentía deseada. Cómo se permitía algo que quizá nunca se había permitido.
Ella no era el medio para llegar a la fantasía.
Ella era la fantasía.
Eso, dicho en voz alta, tiene su riesgo. Puede sonar demasiado intenso. Puede asustar. Pero era verdad. Y a ella la verdad le daba miedo, pero también le daba curiosidad. Esa combinación fue la que nos trajo hasta aquí. Después vino la pregunta de los celos.
—¿Tú podrías verme con otro y no ponerte mal?
Me reí un poco. No porque la pregunta fuera graciosa, sino porque cualquier hombre que responda eso con un «sí, claro, cero problema» demasiado rápido merece una inspección.
—No lo sé —le dije—. Creo que me excitaría. Pero también tendría que vivirlo para saber qué se mueve de verdad.
Esa respuesta le gustó más que una seguridad falsa. Porque yo podía tener experiencia, sí. Pero no con ella. Y eso lo cambiaba todo. No era lo mismo recordar una vida anterior que imaginarla a ella en una escena así. Con su cuerpo, sus nervios, su forma de mirarme cuando está excitada, su manera de entregarse cuando confía.
Yo podía fantasear con mucha claridad. Pero la realidad siempre tiene sus propias manos. Y sus propios dientes. También me preguntó si después la vería igual.
—Si pasara algo así… ¿tú después me mirarías igual?
Esa pregunta era delicada.
Porque no hablaba de sexo. Hablaba de identidad. De miedo a cruzar una línea y luego no poder volver al lugar donde una se sentía querida, respetada, limpia, segura.
—Te miraría igual no —le dije—. Probablemente te miraría más.
Ella frunció la cara.
—¿Más?
—Más deseada. Más valiente. Más tú, si lo haces porque quieres.
No añadí mucho más. A veces explicar demasiado estropea una buena respuesta. Porque ella se sentía orgullosa de la mujer que había sido toda su vida. Llegó a mis manos apenas siendo tocada por un par de hombres. Eso, hoy en día, es una fantasía. Ella le cerró la puerta a tantos hombres como pudo, teniendo pareja o no, y solo se fue a la cama con quienes hizo vida.
La idea de permitirse ser follada por otros, a partir de ahora, le hacía pensar que perdería el valor.. Yo, que la entendí perfectamente, le confesé que, para mí, ella seguía siendo la mujer que ha sido hasta que me conoció. Que todo lo que podríamos vivir no formaría parte de lo que ella realmente es. Que es solo un juego. Que los hombres que la toquen no serán más que juguetes sexuales de un tamaño mayor. Que para mí seguirá siendo la misma chica inocente que conocí, pero con más experiencias. Aquellas que no vivió años atrás.
Hubo otra pregunta que llegó casi en broma, pero no era broma.
—¿Y si me gusta demasiado?
Esa fue buenísima.
Porque ahí ya no hablaba solo el miedo. Ahí hablaba también el morbo.
El miedo era: «¿y si esto nos hace daño?».
Pero el morbo era: «¿y si descubro algo de mí que no sabía?».
Le dije que si algún día algo le gustaba demasiado, lo hablaríamos. Que no pasaría nada por descubrir una parte nueva. Que el problema no era que algo gustara. El problema era mentir, correr, esconder, usarlo contra el otro o fingir que no había movido nada. Que quizá, si algo ocurría, era porque siempre había formado parte de ella, pero que aún no había sido descubierto.
Ella se quedó callada.
Pero esa vez sonrió.
Y yo supe que la pregunta no había salido solo de la cabeza.
Había salido también del cuerpo.
La más importante, sin embargo, tardó un poco más:
—¿Cómo sé que no me vas a presionar o dejar después de hacerlo?
Ahí no había frase sexy posible. Ni metáfora. Ni juego. Esa pregunta había que ganársela con hechos.
—No lo sabes por lo que te diga hoy —respondí—. Lo vas a saber por cómo me comporte, por cómo te siga tratando.
Y eso era lo justo.
Porque cualquiera puede prometer calma mientras habla de fantasías. Lo difícil es mantenerla cuando la fantasía se acerca. Cuando ella pregunta por un club. Cuando dice que le daría morbo ser mirada. Cuando se pone una ropa más provocadora. Cuando parece que sí, pero todavía no. Cuando tú tienes ganas, pero ella necesita ir más despacio. Yo, que tengo muy claro lo que quiero, sé perfectamente que lo que siento por ella no cambiará luego de probar. Todo lo contrario, seguro que la amaré más. Más por atreverse, más por complacerme, pero, especialmente, más por querer probar algo que ahora rondaba en su cabeza sin pausas.
Es en los hechos cuando se demuestra todo. No en el discurso. En el freno. En no convertir una confesión en deuda. En no usar una noche caliente como contrato. En no decir «pero tú dijiste». Esa frase puede matar cualquier deseo. Ella necesitaba saber que podía abrir una puerta sin que yo metiera el pie para que no pudiera cerrarla. Y yo necesitaba estar a la altura de eso.
Por eso esas preguntas fueron importantes. No eran obstáculos. Eran el camino. Cada una marcaba una zona sensible: si era suficiente, si seguiría siendo mirada con amor, si podía decir que no, si podía tener miedo, si podía sentir curiosidad sin que yo lo interpretara como permiso. Y, poco a poco, algo fue quedando claro. Ella no estaba diciendo que sí a mi fantasía.
Todavía no.
Estaba haciendo algo más básico y quizá más difícil: estaba comprobando si podía confiar en mí dentro de ella. Dentro de la fantasía. Dentro del miedo. Dentro del deseo. Y cuando una mujer empieza a hacer esas preguntas, conviene escuchar bien. Porque no siempre está pidiendo respuestas. A veces está buscando un lugar seguro donde atreverse a seguir preguntando.
